lunes, 12 de febrero de 2007

LAS MONEDAS FALSAS

Por: Miguel Godos Curay

En toda institución siempre encontramos tres tipos de integrantes: Los que trabajan desde el lugar en que se encuentren por mejorar su institución; los que no trabajan sencillamente porque son reacios a los compromisos que importa la vida y la propia actividad institucional y finalmente los que inyectan pesimismo a toda iniciativa porque nacieron como pelotas desinfladas para la derrota. Realmente estas especies, las dos últimas, son corrosivamente un lastre para cualquier esfuerzo de mejora y cambio.

Sin embargo hay que entender que el mundo realmente se mueve por los que se esfuerzan, por los que caminan incluso a fuerza de equivocarse. Por este motivo no hay que arredrarse ante las dificultades. La verdadera democracia que cohesiona las instituciones tiene como soporte la tolerancia, el respeto y el saber escuchar a sabiendas de la inconsistencia de una propuesta o del desagrado que pueda provocarnos.

Las instituciones, las organizaciones son productos de esfuerzos humanos orientados al cumplimiento de un objetivo. Estos objetivos son visibles gracias a una oportuna y correcta orientación. Para muchos los objetivos y las metas serán invisibles por esa ceguera repentina que provoca la estrechez de la mente y en otros por la propia incapacidad de vislumbrar logros efectivos.

En toda institución también encontramos espíritus nobles que caminan hacia aspiraciones, en apariencia inalcanzables, pero posibles. Podríamos encontrarnos, señala Fernando Savater, con quienes se desangran en esfuerzos pero que lamentablemente han seguido la ruta equivocada. Igualmente sucede con aquellos que no saben lo que quieren ni les interesa finalmente conocer a dónde van. No faltan tampoco los movidos por los resortes de la envidia, aquella señora que muerde la honra de las personas sin comer.

La envidia corroe las instituciones. Se envidia el prestigio, los logros personales. La envidia según el estadista Florentino Lorenzo de Medicis es un árbol que crece sin que los rieguen frente al que se esfuerza por construir la catedral de su esfuerzo y trabajo. El mejor antídoto contra la envidia es la sinceridad humana. Otras armas poderosas son la fe en sí mismo que da seguridad y aplomo, la lealtad sostenida por la amistad y el respeto. No esa amistad adulona y teatral sino la provista de sinceridad capaz de señalarnos nuestros errores.

Finalmente la magnanimidad: la grandeza de espíritu que eleva a las personas por encima de los rastros de las cucarachas y las hace grandes. No hay magnanimidad sin sencillez, sin sobriedad, sin opulencia, sin la apariencia de lo que no se es y lo que no se tiene. Pocos realmente pocos, han entendido que hoy en las empresas las personas realmente valen no por lo que tienen sino por lo que saben.

Las posesiones terrenales son transitorias y efímeras, aparecen y desaparecen. En cambio el conocimiento es un atributo personal que va con su dueño a donde quiere. El conocimiento es un caudal valioso incomparable al propio oro. La integridad personal, la persona valiosa es el mejor capital de cualquier institución. Por el contrario quienes se convierten en lastre para su institución son las monedas falsas que despiertan la desconfianza y que lejos de contribuir al prestigio de su organización la desprestigian. ¡Palabra!.

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