domingo, 12 de octubre de 2008

LOS MILAGROS DEL CAUTIVO DE AYABACA


Por: Miguel Godos Curay

Con palabras no se puede explicar el fervor popular al Señor Cautivo de Ayabaca. Hay que tener suficientes ojos y suficientes oídos para mirar y oír lo que acontece cada octubre en el que los caminos hacia Ayabaca se llenan de trajinantes de diversos rincones del Perú. Todos quieren venerar al Señor y pedirle lo imposible. Lo posible lo resuelven los humanos. Lo imposible es el territorio providente de Dios. El inventario de imposibles es un abecedario de males incurables – especialidad del Cautivito- como el cáncer, el Sida, la parálisis del cuerpo, la infertilidad del vientre estéril, la pérdida irreparable de la memoria, la pobreza, el miedo invencible a la muerte, el olvido de los hijos, el juicio perdido, el jefe zamarro y hasta los alcaldes que no aciertan una a favor de sus pueblos todo ello hay que “encomendarlo al Señor”.

Con sus pedidos en los labios y los ojos cubiertos de lágrimas acuden al Cristo llagado en cuyo santuario se congrega un mar humano de fieles venidos de la costa y de la sierra. Una legión de penitentes y sufridores, son ex reclusos, convertidos en mansos corderos. Otros son los peregrinos con su promesa a cuestas. Ellos pagan con su sacrificio un milagro concedido. También concurren narcos y paseros, mujeres de mala vida, policías, jueces y fiscales temerosos de una serruchada de piso. Agricultores que como todos los años ruegan que el “cordonazo” de las lluvias les garantice un año pródigo de cosechas. Y también periodistas que cubren con piedad su inaudita curiosidad.

También concurren los comerciantes de toda laya, chunchos del mismo Amazonas con boa en cuello, bocadilleros, vivanderas con sus cecinas y chifles recorre ferias porque el Señor les da de comer a todos. Devotos del Cautivo vienen de Ecuador y de Colombia y se confunden en esta feligresía que copa a bote la plaza de Ayabaca cada 13 de octubre. Para los ayabaquinos el Señor es ocasión del reencuentro. Mineros y antimineros se arremolinan fervorosos a sus pies para redimir pecados y sacar fuerzas para mantener la controversia. Ahí están Ayabaca y su pobreza y el Señor con su santuario cubierto de luciérnagas y de ruegos.

Otros con lágrimas en los ojos repiten, a cada rato, que el Señor no tiene límites para su amor. Uno de sus adoradores nos relata como en el quirófano sintió las manos del Cautivo sobre su remendado corazón y está vivo para contarlo. El hijo drogadicto hoy bebe agua y le cogió asco a la pasta, confiesa una madre de sienes plateadas. El desocupado, dice, encontró trabajo. La meretriz colgó las voluptuosas tangas de labor y ahora pertenece a un grupo de oración. El parapléjico logró mover sus manos. El pescador se libró de los naufragios invocando de rodillas al Cautivito. El policía obtuvo el ascenso esperado justo en octubre. Mi hijo ingresó a la universidad, repite una madre agradecida.

Todo eso hace el Señor y mucho más. El ex recluso se despoja de su túnica morada para mostrarme el tatuaje del Señor que lo protegió durante todo el tiempo que estuvo preso. Otros piden fortuna. Otros recobrar la salud. Otras un buen matrimonio y no faltan los que ofrecen a sus hijos para el servicio del Señor. Durante la noche una serpiente de camiones y buses marcha por ese camino culebrero en la cordillera que conduce a Ayabaca. El frío de la noche hiela los huesos pero aquí estamos.
Velas, estampitas, imágenes de yeso y palo santo que han sido frotadas en el manto del Señor son valiosas reliquias. Tantas miradas puestas sobre este rostro adolorido y esas manos tumefactas. Tantas invocaciones en la noche de los brujos curanderos al Rey Cautivo. Las canciones del ciego Pablito Maldonado son el recado obligado que llena los corazones de los más puros sentimientos. En este asomarse al mismo cielo que es en octubre el fervoroso pueblo de Ayabaca.

1 comentario:

lily dijo...

Gracias mi Cautivito,por estar alli siempre,eres nuestro patron,te quiero mucho.