lunes, 22 de septiembre de 2008

A LOS PIES DE LA VIRGEN


Por: Miguel Godos Curay

Paita todos los septiembres es un imán que atrae a un mar humano de peregrinos y creyentes quienes atravesando el tablazo desde el Bajo Piura o bajando de las cordilleras de Morropón, Ayabaca y Huancabamba concurren a la veneración de la Virgen de las Mercedes. Caminan, se arrodillan con lágrimas en los ojos o se arrastran como penitencia a los pies de la Virgen porteña. Todos coinciden en sostener que la Virgen es “milagrosa”. Ahí desgranan su fervor incomprensible, sus penas y quebrantos.

Junto a la festividad religiosa el bullicio de la feria atrae a mercachifles, culebreros con yerbas para todos los males, fotógrafos con sus mágicas cámaras trotamundos, monos de piano, vendedores de dulces tradicionales como los alfeñiques, bocadillos, colasiones, calveras, dátiles confitados y membrillos vendidos por libras en balanzas de mate. Los vendedores de exvotos (milagros) ayer de oro y plata y hoy de hojalata disfrutan la gloria. Durante las noches el frío hiela los huesos pero es la fiesta de los vendedores de cirios de todos los tamaños. Picanteras ofrecen piqueos y mantos de carne aliñada embadurnada con ajo y achiote inundan con el humo de sus fogones los callejones.

En otros tiempos hasta el temible y memorable Froilán Alama concurría a Paita. El cholo bandolero fue muerto justamente un 24 de septiembre de 1939 “primer día de mercedes” según recuerdan aún los viejos de estas tierra calenturientas. La propia Manuela Sáenz, la mujer a la que Bolívar tenía tanto “camote” fue cofrade de la Merced. Manuelita pidió a sus parientes de Quito le enviarán un Niño Dios de silla el que antiguamente estaba a los pies de la patrona. El “quitiño” aún se conserva y es una reliquia inestimable que se debe lucir en septiembre.

La vida de Paita está atada a la devoción mercedaria desde tiempos inmemoriales. La virgen acompañó las reconstrucciones del puerto tras los persistentes saqueos e incendios de corsarios y piratas. La imagen tiene un tajo en la garganta huella de un sablazo infame que le hizo manar sangre. No hay paiteño que no la asocie a su vida. El propio Grau quien partió a los siete mares con su padrino Manuel Herrera oró ante ella inclinada la rodilla como era costumbre en otros tiempos.

Los abuelos y abuelas porteñas refieren que la virgen recorre las orillas todos los amaneceres. A los pies de la “chinita”, la “mechita”, la “mamita” como la llaman por puro amor y devoción siempre se encuentra arena húmeda. Mi padre cree que la virgen anualmente escoge entre los paiteños a quienes convoca puntualmente. Su cuenta es exacta y minuciosa. Otras veces la Virgen, tras piadosos ruegos, calmó las aguas cuando la mar embravecida amenazaba al puerto. Los paiteños arrastran en su imaginario un rosario de temores. Uno de ellos, el que los piuranos desde tiempos inmemoriales se quieren llevar a la “mechita”. Otro es el desconocido destino de su riqueza. Su ajuar, dicen, es de oro y pedrería. La corona que luce, de oro puro, es una ofrenda amorosa de sus hijos.

No hay paiteño que en las noches de plenilunio no contemple el cielo para encontrar en esta visión nocturna su imagen. Dicen que está con su manto abierto y sonríe a los pescadores. Otras veces, juran y rejuran , haberla visto en la playa al amanecer. A cada lado de su altar se conservan como pilas de agua bendita dos valvas gigantescas. Son un portento natural que el sabio La Condamine quiso comprar pagando su peso en Plata. Los paiteños se negaron a este trueque.

Hoy nuevamente Paita se convierte en un mar humano. Como ayer sigue convocando celestiales pasiones. Manuel Dammert me ha pedido que le acompañe a Paita para pedir el milagro de una modernización beneficiosa del puerto que no sea un botín de tiburones. Sino una despensa de inversión y trabajo que convierta al puerto en destino obligado del comercio nacional y mundial.

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