lunes, 21 de julio de 2008

¡OTRA VEZ LOS SECHURANOS!


Por: Miguel Godos Curay

Una cosa es participar y otra comprometerse. Participar es como concurrir a la fiesta y pasarla bien. Comprometerse es otra cosa. Los compromisos no son un simple pasarla bien sino involucrarse hasta el tuétano con causas posibles y a veces imposibles. Dicen que, en cierta ocasión, los animales decidieron organizar una fiesta. Así fue como la familia animal decidió organizar una “chicharronada”. El cerdito que puntualmente acudió a la convocatoria al ser requerida su opinión sólo atinó a decir los siguiente: Estimados compañeros respeto vuestra opinión pero yo siento en lo más profundo de mi ser que ustedes participan y yo me comprometo. Yo aporto mi carne ¿y ustedes qué?. Esa es, en efecto, la diferencia entre participar y comprometerse. Unos miran otros se encarnan.

Esta misma sensación la he vivido en carne propia recorriendo Ayabaca y Huancabamba y posteriormente Sechura. En unos rezuma la pobreza. En los otros habita la confianza en los frutos de la inversión. Unos desdeñan la riqueza perpetuando la miseria. Los otros despiertan nuevas vocaciones productivas porque no quieren quedarse cruzados de brazos cuando el tren de la inversión que arrastra los coches del progreso, el desarrollo y la oportunidad para sus hijos pasen por la puerta de su casa. ¿Qué tienen unos que no tienen los otros?.

Podemos seguir interrogándonos respecto al futuro conjeturando escenarios. Mientras el proceso de la inversión es ya una página escrita en la historia de Sechura. La sierra ayabaquina y huancabambina languidecen sin nuevas oportunidades para remontar la miseria que se refleja en la elevada migración de sus mujeres y niños. He recorrido los mercados de la sierra piurana y su producción es precaria producto de una economía de supervivencia que a duras penas puede sostener a algunas familias. Algunas libras de papa, ocas y racacha fueron lo poco que pude comprar.

Aunque los postes de los cables eléctricos atraviesan los páramos y la vida del poblador andino se transforma con las luces de fluorescente hay una resistencia cultural al cambio. Las licuadoras siguen siendo parte de la decoración de la sala y los micro ondas un símbolo misterioso del status urbano. Mejor destino han tenido los televisores a color y los resonantes equipos de música para perturbar el sueño con sanjuanitos ecuatorianos y los éxitos de Corazón Serrano. Mayor impacto en la vida diaria han tenido los celulares conducidos en bolsitas de plástico bajo los ponchos. Los blue jeans, las mochilas y los jockeys han reemplazado a los ponchos y a los sombreros de paja pacora. En Ayabaca me ofrecieron pollo a la brasa al estilo costa y en Huancabamba no encontré cuy ni para remedio.

Pese a ese desborde de modernidad la pobreza sigue haciendo estragos y aunque los trapicheros serranos hace mucho tiempo elaboran etanol. Este se destina al consumo humano y a la intoxicación. Se necesita a gritos la inversión que permita una agricultura eficiente por encima de esa diminuta producción para el autoconsumo. Hay potencialidades pero no son aprovechadas. La mayor parte de los alcaldes andinos tiene casa en Piura o en Trujillo y la mayor parte del tiempo transcurre viajando. La inversión avanza, por ejemplo, en la carretera del kilómetro 65 hasta Canchaque . Los que no avanzan son los pobladores movidos por la antiminería y el desconocimiento.

Mientras en Sechura, no menos de 600 vecinos se preparan con el apoyo de la Cámara de Comercio de Piura, el Consorcio CAEM y la empresa Vale para calificar como proveedores y convertirse en empresarios para beneficiarse del dinamismo de la inversión allá en las alturas urden estrategias para sembrar el miedo, bloquear carreteras y descalificar todo esfuerzo a favor de la explotación de sus recursos minerales. Unos esperan ser empresarios los otros esperan continuar con sus procedimientos brutales y cavernarios ir deshaciendo sueños y esperanzas a punta de látigo. Unos crecen los otros se empobrecen irremediablemente.

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