martes, 29 de noviembre de 2011

SALUD MENTAL EN LOS MEDIOS DE COMUNICACIÓN SOCIAL


Por: Miguel Godos Curay
Universidad Nacional de Piura


El tema de la salud mental es un tópico, muchas veces, ajeno a los medios de comunicación social. En el campo de la salud en general en la prensa se abordan aspectos vinculados a la inmunización de las poblaciones y a la eventualidad de epidemias de paludismo o dengue. Nuestro concepto de salud se limita al no sufrir enfermedad alguna que afecte al cuerpo. Las enfermedades de alma son invisibles hasta que se manifiestan en sus múltiples desenlaces. Muchas veces funestos.

Pocas veces relacionamos la salud mental con el sentirse bien de las personas. Ignoramos en demasía que todas las personas tenemos derecho a la salud mental. Hemos sido educados ignorando este valioso componente fundamental para el desarrollo sano de las personas. En cambio, en el seno de las familias admitimos tradicionalmente la existencia del “shucaque”, “el susto”, el “mal de ojo”. La brujería es parte de nuestra vida diaria. En cada uno de nuestros actos nos acompaña el temor al fracaso y nos preparamos para triunfar en la vida. El antídoto contra el fracaso se llama “seguro”. Es curioso observar que en las dependencias públicas con mayor movilidad y traslado de los funcionarios. Los escritorios están tapizados de coloridas estampas de santos de las causas imposibles como San Judas Tadeo. El Señor Cautivo de Ayabaca, el Señor de los Milagros o las diversas advocaciones de la Virgen.

Los brujos, curanderos y curiosos son potentes psicoterapeutas que acompañan a las familias pobres pero también a las que tienen poder adquisitivo. Sin embargo, nos cuesta admitir que existe el derecho humano a la salud mental.

No hay hogar piurano en el que no existan unas hojas de sábila en algún rincón de la casa. Para protegerla de los malos hechizos. Todavía en las familias campesinas existe la fundada creencia que al acostarse hay que colocar los zapatos en forma de cruz para que ningún alma en pena los use. En la sierra de Ayabaca o Huancabamba, persisten los cultos sincréticos a los “apus” tutelares que ejercen una función protectora y que por lo tanto merecen “pagos” de agradecimiento. Gran parte del conflicto minero se debe a la falta de respeto a los valores y a la propia cultura de los pobladores. No es que a las personas les guste vivir en la pobreza, el arremeter contra la cultura de las comunidades es raíz de grandes conflictos.

En Suyo, Las Lomas y Sapillica en donde se expande la minería artesanal no se abre una mina sin la tradicional mesa de un brujo venido de Nazca o Acarí del sur del Perú. Vivimos sumergidos en un mundo mítico, mágico y religioso. Sin embargo, nos cuesta mucho entender que la salud mental es un derecho. Muchos de los problemas que nos afectan y consumen tienen como raíz la salud mental.

La vergüenza piurana desencadena afecciones psicosomáticas que tienen que ser tratadas a tiempo por rezadores o rezadoras. Pero nos cuesta entender que la salud mental es necesaria desde la cuna hasta la tumba. Caso contrario nos convertimos en almas en pena que necesitamos de los ritos religiosos de sufragio para poder alcanzar el descanso eterno. La familia tradicional piurana a consecuencia de los inusuales ritmos de la economía y los cambios de hábitos, poco a poco, cambia su configuración.

Los piuranos acostumbrados a la siesta con pijama Son hoy una especie que ya no existe. Lo que existe ahora es un grupo empresarial agresivo que ocupa todo el día útil en sus negocios. Frente a los nuevos iluminados y decorados “molls” se amortiguan las frustraciones colectivas. Si observamos con detenimiento lo que sucede en estos establecimientos podríamos darnos cuenta que hay muchas personas que suben y bajan repetidas veces por las escaleras eléctricas como si fuera el rito de insertarse en la modernidad.

En muchos asentamientos humanos han surgido “cines de barrio” con pantallas de 40 pulgadas en donde se vende pop-corn a 50 céntimos o a un sol. De este modo muy peruano se atemperan las frustraciones colectivas.

Las carencias, las fracturas familiares, las ausencias, las abultadas deudas y la pobreza frustran. Es probable que en Piura aparezca próximamente una nueva devoción colectiva al “Señor de las Angustias” el que tendría una legión de fieles en los angustiados deudores de las cajas municipales que para cubrir sus deudas solicitan un préstamo a un banco o a un agiotista. Tapan un hueco abriendo otros incontroladamente. La facilidad con la que se obtiene una tarjeta de crédito en quienes gastan más de lo que ganan genera deudas abultadas e impagables. La angustia genera estados depresivos y deteriora la salud mental de muchas personas. En Piura circulan hoy, según las estimaciones de la Superintendencia de Banca y Seguros, nos menos de 60 mil tarjetas de crédito las que mal empleadas, en algunos casos provocan menudos dolores de cabeza.

Los niños van a la escuela desde los primeros años, los padres tienen obligatoriamente que trabajar. Y los abuelos ya no tienen lugar porque su espacio lo cubren los kinder y quedan aislados e incomunicados sin tener con quien conversar y sin tener a quien transmitir su sabiduría. Tampoco frecuentamos sacramentos como el de la confesión siquiera en Pascua Florida. En la que los feligreses de antaño descargaban su inmundicia moral y reiniciaban nuevamente su existencia cotidiana sin contratiempos. Hoy no.

Un niño que observa televisión soporta, en cinco o cuatro horas diarias frente a la pantalla, no menos de una docena y media de delitos de todos los tamaños. Lo curioso es que no reparamos en constatar que lo que los maestros enseñan en la escuela la televisión lo deseduca en el propio hogar. La violencia se ha convertido en un hecho recurrente en la información diaria sin darnos cuenta que somos una sociedad enferma a consecuencia de la arremetida de los contenidos violentos. Leer diarios en Piura provoca la pasmosa sensación que nada bueno acontece aquí. Y que esfuerzos como el de esta tarde para procurar el bien transcurren desapercibidos.

Soy muy observador de lo que sucede en Piura. Y una encuesta tan sencilla como la de entregar a los niños de los asentamientos humanos de Piura hojas en blanco para que dibujen lo que más les gusta. Revela que los niños de Piura dibujan con reiteración una iglesia, los algarrobos que todos se empecinan en arrancar de cuajo, el sol piurano que quema y requema y puentes. De pronto aparecen los puentes ubicados en espacios inimaginables. Entonces nos preguntamos ¿por qué los niños piuranos dibujan puentes? Podemos conjeturar una serie de respuestas. Una de ellas es la de la necesidad de puentes que comuniquen a los que tienen con los que menos tienen. Puentes que comuniquen a los que gobiernan con los gobernados. A los viejos con los jóvenes. Necesitamos puentes que acorten las distancias entre los que sufren con los que pueden brindarles ayuda. Puentes en la universidad, en el gobierno regional, en el gobierno local. Necesitamos puentes generacionales y puentes entre nosotros mismos.

Cuando empezó el boom petrolero y surgió como una serpiente que atravesaba el oriente peruano el Oleoducto Nor peruano y se crearon empleos. Muchos fueron a buscar futuro en esta nueva actividad. Sin embargo, nadie advirtió que esa perentoria ruptura del vínculo familiar iba a provocar el incremento explosivo del consumo de drogas. Un piurano de hoy conoce las drogas al promediar los once años. Nadie sin embargo, repara que los mayores desenfrenos en consumo de cocaína y Éxtasis tienen como escenarios los concurridos balnearios de Máncora, Yacila o Colán. Máncora es un paraíso del consumo de drogas, todo el mundo lo sabe. Pero nadie actúa. Un año nuevo en Máncora es expresión de desenfreno. Tras las dinámicas del turismo se ocultan prácticas perniciosas aceptadas socialmente.

La droga popular aceptada es el alcohol. La chicha o el cañazo se consumen incontroladamente las familias más pobres. Antes los obreros de construcción que realizaban el vaciado de un techo aligerado demandaban para rendir bien y conjurar sus fatigas tres o cuatro latas de chicha y cebiche de pescado. Hoy se “prenden” y consumen PBC. De tal modo que se tornan agresivos violentos y peligrosamente criminales. Hay un consumo de drogas en las periferias del mercado donde concurren los cargadores que transportan bultos. Durante las noches los puestos en donde se expenden los productos son
Usados para el meretricio clandestino.

El tema es muy serio y se extiende a los solapados establecimientos contiguos los clubes nocturnos en donde se ejerce la trata de personas. Las damas de compañía venidas de Jaén, Bagua o Tarapoto. Son un problema social de dimensiones El problema es muy serio. Curiosamente la zona industrial de Piura se ha convertido en una zona roja en donde se realiza el trato carnal furtivo y el consumo de drogas. Las decisiones de nuestras autoridades son endebles y sucumben ante las variadas formas de corrupción.

También existen consumidores de drogas en los aparentes ambientes académicos de la universidad, las fuerzas armadas y policiales. Muchos efectivos que prestaron servicios en las zonas de emergencia durante la época del terror en el sur. Retronaron a sus lugares de origen pero con vicio incluido.

Ayer cada uno de nuestros pueblos tenía como parte de sus actores sociales sus enfermos mentales conocidos, queridos y excluidos al mismo tiempo. Hoy son abandonados en la vía pública, sin consideración y sin respeto por la persona humana. Cada día es mayor el número de mujeres y jóvenes que deambulan por las calles. Muchas veces expuestos al abuso de sujetos inescrupulosos.

Yo tengo muy presentes a Carlos Llontop, muerto en circunstancias extrañas y a Octavio Zapata. Ambos fueron destacados estudiantes del Colegio san Miguel. Llontop dirigió una célebre diatriba cuando Nixon visitó San Marcos y Octavio, allá por 1982 puso en marcha con Alan García una cruzada de solidaridad con Piura. ¿Qué les pasó? ¿Cómo llegaron a ese estado patético y conmovedor con el que los hemos visto?

Podemos percibir que el enfermo mental se invisibiliza para la sociedad. Pocas veces nos ocupamos de su abandono y triste situación. La prensa se detiene solamente en las consecuencias explotando el morbo con el que detonan casos en donde la causa es el deterioro de la salud mental. El caso de la niña Pierina, un caso que tiene como escenario Piura y Lima, nos muestra con crudeza el deplorable estado de la salud mental de una madre y de su entorno. El caso amerita un estudio clínico profundo y sus entretelones. A la prensa sólo le interesa el abordaje sangriento del hecho criminal sin indagar en las causas del extravío de la salud mental.

En la universidad misma las tensiones de la competencia, los problemas familiares y el consumo de drogas afectan a los alumnos. Hay casos realmente preocupantes que han llegado al desamor por la vida y el suicidio. No están exentos los jóvenes de la arremetida del acoso sexual y de la manipulación interesada con el ánimo de doblegar a las jovencitas sexualmente. Realmente una mirada a lo que la prensa no alcanza a ver nos muestra un paisaje descarnado.

Frente a ellos hay que llamar la atención a los responsables de las decisiones políticas sobre la salud mental de los piuranos. Corresponde a la seguridad social al sector salud atender lo que de momento no es visible pero que más tarde nos va a golpear en el rostro.

La definición propuesta par la OMS para salud mental es muy precisa: “es el estado de bienestar que permite a cada individuo realizar su potencial, enfrentarse a las dificultades usuales de la vida, trabajar productiva y fructíferamente y contribuir con su comunidad”. La ausencia de salud mental impide que las personas lleguen a ser lo que desean ser, no les permite superar los obstáculos que la vida les presenta y avanzar con su proyecto de vida y da lugar a falta de productividad y de compromiso cívico con la nación. Las personas afectadas en su salud mental sufren, pierden la tranquilidad y si nadie les atiende pueden llegar a niveles extremos.

Conversando con una frustrada suicida en el Hospital Reátegui me interesé humanamente por el caso. Era una niña de 15 años que había tomado una botella de lejía porque no le permitieron ir al baile de “Corazón Serrano”. Esa era la frustración aparente. La frustración de fondo era la imposibilidad de tener un vestido nuevo en la fiesta de promoción.

Como podemos ver Las consecuencias clamorosas son: frustración, pobreza y violencia, junto con la incapacidad de vivir en ambientes donde se practique la democracia sin exclusiones de ninguna clase.

Las enfermedades mentales y los trastornos mentales comunes (ansiedad y depresión) son frecuentes ya en nuestras familias. Tema aparte es la violencia contra la mujer y los niños. Alguna vez visitando los Pronoeis Municipales me dí cuenta que los niños que llevaban pantalones largos, tenían en sus piernas las huellas del maltrato. Hay un maltrato a niños pero también a los ancianos.

Si no actuamos a tiempo el futuro que se vislumbra es sumamente preocupante. Las afectaciones a la salud mental se van a multiplicar y es bastante probable que se conviertan en causa de discapacidad con un impacto sobre el desempeño laboral y economía de las familias y las empresas. Tenemos que darnos cuenta que los enfermos mentales son personas humanas con derechos y no pueden ser discriminados ni excluidos.

Nuestra lectura de la realidad tiene que cambiar. Hay que reforzar nuestra autoestima porque quien no tiene capacidad de amarse a sí mismo no podrá amar a los demás. Los padres de familia tienen que acercarse a sus hijos y procurar climas de confianza que refuercen la cohesión familiar. Podemos ser pobres y carenciados pero lo que no podemos estar desunidos y sin una cohesión social suficiente como para perder la confianza en el futuro.
Corresponde a nuestras autoridades crear climas de seguridad ciudadana y mejorar el aspecto de la ciudad plantando árboles educando a los ciudadanos. Piura tiene 173 mil conexiones de agua, pero sólo el 60% tiene alcantarillado en su domicilio. Hay una clamorosa necesidad de mejorar las condiciones de vida. Hay que construir una ciudad amable y respetuosa, con calidad de vida. Estas son condiciones que ayudan a mejorar la salud mental.
Hace algunos años deambulaba una mujer enajenada por las calles de una ciudad. Le llamaban “cabeza de barro” por su aspecto conmovedoramente impresionante La foto publicada en los diarios despertó la atención de todos. Pero también tocó las fibras de humanidad de la iglesia y fue don Federico Ricther Prada Obispo Auxiliar de Piura que acogió este clamor por estas personas tan olvidadas de la sociedad. Vino luego el Hermano Sergio Arduz de la Orden Hospitalaria San Juan de Dios. Desde entonces y a pesar de los pesares y las enormes dificultades mantienen este Centro de Reposo que lleva el nombre de un hombre que lo entregó todo a cambio de nada. Y que hoy nos congrega aquí en este propósito de pensar en voz alta sobre un tema profundamente humano. Pero en el que necesitamos el compromiso efectivo de las instituciones de los responsables de las decisiones políticas y la propia sociedad.
(Conferencia pronunciada el 29.11.2011 en el Centro de Reposo San Juan de Dios de Piura)
Foto Richard Chávez: Octavio Zapata Albán.