sábado, 22 de marzo de 2008

LA OFERTA TURISTICA PARA LAS CUMBRES

Por Miguel Godos Curay

El turismo es una excelente industria cuando se explota al turismo y no a los turistas. La afluencia de turistas, hay que enseñarles a nuestros taxistas, no es una ocasión para el asalto a mano armada como sucede todos los días. Tampoco es la oferta de atractivos que no lo son. Por ejemplo, balnearios sin los servicios higiénicos y vestidores cómodos para salvaguardar la intimidad. No lo son playas llenas de desperdicios donde los eventuales visitantes locales abandonan al pie de las maravillas de la naturaleza botellas de plástico y desperdicios.

Un turista asiático o europeo o de dónde sea considera parte de la educación elemental el buen trato a la naturaleza. En la semiótica de la buena educación el aseo es indicio razonable de calidad humana. Pocos conocen, por ejemplo, que los consumidores europeos no están dispuestos a adquirir productos en donde los agricultores, en el campo que cultivan, no cuenten con sanitarios limpios y decentes. Tampoco esperan subsidiar con sus importaciones el trabajo explotador de mujeres y niños. Un solo recorrido por nuestros campos rodeados de letrinas los dejaría estupefactos y es probable renunciarían a nuestros productos del campo por apetecibles que fueran.

En todos los países del Asia Pacífico y en buena parte de Europa se ingresa a los restaurantes por la cocina pues el observar con detenimiento la higiene con la que se elaboran los productos despierta el apetito. Entre nosotros, la cocina, es un lugar misterioso en donde reina el desorden y la antihigiene. La cocina por eso, sólo entre nosotros, no se muestra, se oculta y se esconde. Y algunas veces con sorna inaudita se le coloca un cartel que dice: “Prohibido ingresar al laboratorio”.

Realmente con nuestras viejas e inimitables malas prácticas no fomentamos el turismo. Las moscas, la mala calidad, el excusado sucio, la falta de agua y jabón, la aglomeración insoportable, el menaje despostillado, los cubiertos torcidos de latón y la inveterada costumbre de alterar los precios, para ganar un poco más, provocamos una indetenible fuga de quienes nos quieren visitar.

Hace poco, comentaba un docente ecuatoriano, contraparte de un programa de becarios asíaticos que su par de visita por estos lares. No sólo se preocupó por: aulas decentes sin pintas groseras, por bibliotecas funcionales que no se cierran al mediodía, por computadoras que no usen softwares piratas “sin licencia” sino que el establecimiento académico contara con servicios higiénicos limpios para todos. La filosofía de la modernidad en oriente enseña que ahí donde los sanitarios para autoridades y los de los alumnos son diferentes. La gobernabilidad no anda bien. En China, si algo de bueno dejó el comunismo, es el sentido de que los buenos servicios son universalmente accesibles para todos.

No se piense tampoco que nuestros turistas andan en pos de “puentes viejos” que se caen con un creciente o por negligencia. Ni por iglesias cuya edad es insignificante con el milenarismo de los santuarios europeos y orientales. Estos objetos culturales adolescentes pueden tener mucho valor afectivo para nosotros tan dados a la fragilidad de la memoria. Pero no para ciudadanos del mundo que acarician con sus dedos la eternidad de un muralla china o la majestad soberbia del Taj Mahal.

Nosotros medimos el tiempo por días y por años. Los chinos por centurias y por milenios. Nuestra visión cortoplacista quiere conferir la categoría de “atractivo turístico” a las trajinadas calzas de la abuela. No es así. El turismo es un encuentro cultural en el que se muestra con vocación de dignidad lo que somos, pero con una sinceridad que no engaña al otro y no se regocija con vaciarle los bolsillos. No seamos por eso -con el perdón de Doris Lessing- el folletito colorido de las ilusiones perdidas.

*Foto P. Alhambra/Turistas

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