lunes, 3 de marzo de 2008

EL PEPINAL DE LAS URRACAS


Por: Miguel Godos Curay

En 1983 tras los diluvios Piura quedó destartalada producto del desorden territorial y el espejismo de un progreso urbano sin previsión. Los sistemas de agua potable y alcantarillado colapsaron en un santiamén. Las pérdidas fueron cuantiosas en el sector productivo. Los daños estimados en sectores básicos como agricultura, transportes, salud, educación y vivienda superaron los 372 millones de soles. Los piuranos que con ilusión en 1982 participaron en el 450º aniversario de la fundación de San Miguel fueron testigos de un cataclismo impredecible.

Hubo damnificados por miles, plagas que reeditaron los azotes bíblicos. En Paita las olas del mar alcanzaron más de doce metros. Los cimientos de adobe del caso antiguo se desmoronaron. Expertos de todo el mundo vinieron a aplicar sus sugerencias para preservar las pocas vías de conexión con la capital pero el esfuerzo fue vano. En una sola noche de intensa lluvia no quedó un tramo indemne de la carretera a Paita. En Talara, las Quebradas Pariñas y la Débora, se tragaron en su cauce turbulento buses cargados de pasajeros que no fueron encontrados jamás.

Hubo sufrimiento y dolor. Hambre y miseria. Pero también inescrupulosos empresarios de la construcción, amigos del Presidente Belaúnde, que hicieron un millonario festín con las obras de rehabilitación. Pocas se ejecutaron. La mayor parte fueron un fiasco y un robo descarado. El colmo resultó que el Congreso de la República envió a investigar a Piura al Senador Francisco Vásquez Gorrio los delitos de la reconstrucción. Vásquez Gorrio era ciego. El senador populista al llegar a Piura declaró: “Vengo a Piura a poner a buen recaudo a los buitres de la reconstrucción”. Una semana después, al retornar, cuando los periodistas le preguntaron cuántos buitres serían enviados a la cárcel. Moderando el tono, dijo, “no hay que jugar con el buen prestigio de empresarios honorables”.

En Piura creció la indignación y la rabia. El privilegio de unos y la miseria de otros. No faltaron los políticos que inauguraron el tour semanal para conocer en vivo y en directo las costras de Piura. Hubo latrocinios hoy olvidados en la memoria. Los expertos encontraron en ese cuerpo costroso e inerme de la Piura devastada materia de estudio para las mil y un estrategias de defensa Civil y reconstrucción. Se diseñaron planes de evacuación para la ciudad. Se dijo que el Piura había retornado a su cauce y sus brazos penetraban por sus arenosos territorios al norte y el sur.

A unos se les reubicó con la promesa de que dejaran sus moradas riesgosas. Pero nadie se fue. Se registraron miles de damnificados. La ayuda internacional se hizo presente pero muchos sólo la vieron pasar. Se nos dijo que esta experiencia dolorosa permitiría planificar el futuro. Pero como bien se dice lo que por una oreja entra por la otra sale. El Mercado Central, por ejemplo, sigue en el mismo podrido y tugurizado lugar para beneplácito de las ratas. Los Mercados del Pueblo que desconcentrarían el comercio en todos los puntos de la ciudad con un sentido de comercio moderno y oportuno. Fueron canibalizados y teniendo instalaciones climatizadas se les abrió salvajemente ventanas para que no funcionen. Los otros fueron destruidos con concesiones dolosas que los convirtieron en chatarra que nunca sirvió al pueblo.

El tema energético nos costó sangre sudor y lágrimas. Desde turbogeneradores que nos quisieron vender con millonarias ganancias deshonestas hasta robos descarados de combustible. Hoy tenemos energía pero nos hemos olvidado que vivíamos en tinieblas. Iluminados con lamparines de kerosene y velas de cebo. Nos hemos olvidado que salíamos a las calles para exigir al gobierno lo que a Piura por justicia le corresponde. Alguna vez en el atrio de la Catedral, el dirigente campesino, Marcial Quintana dijo a todo pulmón: ¡Queremos autoridades que no sean como la urraca que se asustan cuando la cagan!. En verdad, 25 años después, en nuestras instituciones hay muchas urracas sueltas.

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