sábado, 1 de septiembre de 2012


RAJONES Y RAJONAS
Martha Hildebrandt: "el raje es la maledicencia pura"

Por: Miguel Godos Curay

Martha Hildebrandt advierte que rajar en el habla familiar del Perú es “criticar en ausencia, censurar, hablar mal de alguien”. El raje o la rajadera es la maledicencia, la murmuración, la critica solapada o chisme. Por eso rajones y rajonas son  las personas criticonas, murmuradoras y chismosas. El “raje” es, en efecto,  un deporte nacional que nos condena al subdesarrollo mental e intelectual. Es la gimnasia de la lengua de chismosos y chismosas ocupados de la vida ajena. Entre los sentimientos de malevolencia el raje es producto del cinismo que es el menosprecio consciente a los otros. Es una falta de respeto a los demás y a sí mismo. Los comentarios suspicaces, burlones e impíos son la maldad primitiva que busca hacer daño a los otros producto del resentimiento propio.  
Las rajonas son lo que decía don Manuel Ascencio Segura de Doña Catita. “Viejas mañosas con cara de virtud”. Rajones y rajonas hay de todo tamaño y laya. Están los que aderezan sus chismes con exageraciones, los de pico fino mírame y no me toques y los de vocación de serpiente, por arrastrados y ponzoñosos dedicados al intercambio de veneno. No faltan los que para expiar su pecado se disfrazan de  piadosos  reza rosarios y golpeadores de pecho. Se trata de un ardid para registrar y criticar los acontecimientos que  se producen en la iglesia. Bodas, bautismos y trajes nuevos. Miran, presumen se santiguan y miran al cielo a la hora de limosna. Por su tacañería los conoceréis.

Rajones hay en todas partes. En el barrio, en el mercado, en la plaza y hasta en la academia. Ahí podemos clasificar a los rajones licenciados, las que han obtenido una maestría y hasta los doctorados. Aquellos tienen la lengua filuda como una chaveta. De todo se fijan, de todo hablan, de todo se quejan. Miran la pajita en el ojo ajeno y tienen una enorme biga en el suyo. Tras el rajón hay un desnaturalizado afán de dar malas noticias. Son aves de mal agüero, viven destripando al prójimo y no tienen escrúpulos hasta para hablar de los muertos. En este extremo acaban consumidos por el reconcomio de la infelicidad, la envidia y la hipocresía.
Entre los rajones abundan los adulones, sobones  y lameculos. En realidad se aproximan a personas que por la naturaleza de su cargo o influencia les pueden ser útiles. Entonces utilizan almibarados diminutivos hasta morder y no  desprenderse de su descuajeringada víctima. Se mueven por la maldad que nutre su deseo de poder, un enfermo afán de superioridad haciendo daño. Como viven ocupados de la vida ajena se olvidan de  su triste y opaco pasado. Fingen estrechez de señorita cuando el propio boquerón del Padre Abad  les queda corto. Así prosiguen  en su vida muelle, indecorosa y repugnante. Cuando mueren, refieren en Sullana, se les  enrosca la lengua. Por eso les  echan en la boca cántaros de agua bendita. Y si la fórmula no surte efecto. Optan  por comprar dos ataúdes. Uno grande para el cuerpo y otro de parvulito para la lengua.

No se piense que los rajones son candidatos de número para la Academia Peruana de la Lengua. Para ellos sólo hay posibilidad en la academia del desconsuelo y la infelicidad. De tanto hablar mal todo lo que prueban destila amargura, odio gratuito, inquina y maledicencia. Su mayor tortura es llegar a una senilidad insoportable contándole amarguras a su sombra. Hablando solos porque nadie las escucha y delirando de pura desolación interior.
Otra es la felicidad de los que no se ocupan de la vida ajena. De los que creen que la vida bien vale la sincera amistad y el respeto. El compartir con gratitud lo mucho o poco que se tiene. Sin penetrar con ese afán intruso en la vida de otros. Entonces hay más tiempo para leer, pensar, escuchar, conversar y reír sin que se sienta el transcurrir del tiempo. Hoy los tiempos han cambiado. El ocio y la vida intelectual tienen otros niveles de proximidad. La vida acogedora es de los inteligentes. La mala vida es propia de las bestias. La mezquindad y su costra mal oliente no tienen lugar en este espacio.

No es cierto que los rajones y rajonas, alcancen poder,  manipulando información a su antojo. Sucede que por tener fracturada la credibilidad nadie les da bola. Finalmente acaban siendo víctimas de su incapacidad de remordimiento y de su incontenible rabia interior. Entonces como cuando escupen para el techo todo les cae en su propia cara. Rajones y rajonas, hay en todas partes inoculando desesperanza. Fingiendo lealtad en las instituciones a cuyas expensas viven. Les sucede lo mismo que a las raposas. Se convierten en coloridas gelatinas de mimo y de ternura. Cambian de piel y hasta de voz. Pero como bien se dice en este mundo  “…aunque la rajona  se vista de oropel y seda rajona se queda”. De la m solo brota m.

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