EL
VALOR DE LA VERDAD
Por: Miguel Godos Curay
Ruth Thalía Sayes Sánchez,asesinada tras revelar su doble vida en la Tv. |
La telebasura no ha encontrado mejor
forma de responder a la dictadura del rating que desnudar inescrupulosamente la
vida oculta de personas a cambio de
dinero. El valor de la verdad, es en efecto, un programa concurso, adaptación
del programa británico Nothing but the Truth, y segunda versión del colombiano
Nada más que la verdad en donde los participantes responden a una serie de
interrogantes sobre su vida personal oculta y privada a cambio de dinero. El
nuevo formato fue estrenado el 7 de julio de 2012, bajo la conducción de Beto
Ortiz.
El concurso consiste en 21 preguntas
que se formulan al participante las cuales debe responder con la verdad. Si lo
logra recibirá como premio mayor el monto cincuenta mil nuevos soles. Las
preguntas suben poco a poco de tono. Si el participante no responde con la
verdad alguna de las preguntas se va del programa sin dinero. El participante
pasa por el polígrafo (detector de mentiras) y responde alrededor de 150 preguntas,
los resultados a través del polígrafo no los conoce ni el presentador ni el
participante.
Fue en este programa que Ruth Thalía
Sayes Sánchez, una joven universitaria, confesó
que trabajaba como bailarina en un night club, y que no era empleada de un call
center, como había indicado a sus padres. La hasta hace unos instantes anónima
jovencita sumergida por dinero en la sórdida vida de la refinada prostitución
capitalina reveló su vida oculta. Detalles desconocidos por sus padres. En la
pantalla una chinita nerviosa se muerde los labios. Un novio mueve las piernas
con insistencia. Y unos padres desconcertados sucumben con asombro a las
revelaciones de la desnudada intimidad de su hija.
También confesó que tuvo sexo por dinero, ingirió en
tres ocasiones la píldora del día siguiente y se consideraba bisexual, íntimas
revelaciones por las que ganó 15 mil nuevos soles. Rut Thalía señaló en todo
momento que se trataba de decisiones personales. Tras sus confesiones los televidentes peruanos
pudieron observar el rostro turbado por los sentimientos de inferioridad y vergüenza
de sus padres. Cuando se desgarra la intimidad la propia autovaloración
queda afectada. En este extremo el
arrepentimiento actúa como un consolador transitorio. El prestigio y la
estimación están hechos añicos.
Como advirtió Ruth Thalía: “Más que el
premio quise sacarme ese peso de encima. No lo hice en mi hogar, porque sabía
que me iban a botar (sus padres) y los hubiera perdido. Ahora quiero empezar de
cero. Con Bryant (su enamorado, quien le acompañó en el set) nos estamos dando
un tiempo, él me ha dicho que no quiere herirme con sus palabras y yo estoy
esperando”. Sin embargo, desde ese momento su vida personal se hizo cuadritos y no
faltaron las llamadas ofensivas consecuencias de sus confesiones. La demolición
moral surtió efecto. Unos instantes de
popularidad televisiva acabaron con su vida
“Mi mamá no tiene la culpa, yo soy
mayor de edad y asumo mis errores y, si quieren agarrarse con alguien, que sea
conmigo no con mis padres, que vengan y me lo digan, que no escriban cosas en
las redes sociales. Ahora, aparecen tíos, primos y solo salen para criticarme,
son hipócritas. La verdad no estaba preparada para todo esto, pero ya lo hice”,
añadió Ruth Talía Sayas Sánchez.
Después de la arremetida de su entorno familiar. La joven concursante rompió con su novio. El drama se convirtió ayer en tragedia cuando Bryan Romero Leiva, hoy detenido, confesó a la policía que victimó a Ruth Thalía y arrojó su cuerpo a un silo en la comunidad campesina Viñas de Media Luna, en Jicamarca. El detonante del crimen fueron las confesiones de la joven en la televisión. 35 años de cárcel por homicidio esperan a Romero Leiva. Su vida desde el pasado 7 de julio día de la emisión del programa se convirtió en tormento y obsesión. Que un programa de televisión se convierta en la trama de una película de terror parece el desembalse de la intriga y el naufragio del gusto pervertido de los televidentes alimentados por una programación obsesionada por ser el basurero miserable de una perforada intimidad.
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