viernes, 22 de enero de 2010

EL SALVAJE APRENDIZAJE DE LA DESCONFIANZA


Por: Miguel Godos Curay

La inseguridad está a la orden del día en Piura. El otro día mi hija retornaba de su segundo día de clases del centro preuniversitario. Cuando dos delincuentes en moto lineal le arrebataron su bolso, celular, una calculadora y sus recién forrados cuadernos. Bienes insignificantes para dos malditos ladrones acostumbrados a vivir del sudor ajeno. Sin embargo, bienes inestimables para quien los adquiere con esfuerzo propio. El resultado de esta agresión callejera, similar a las que se producen a cada momento en Piura, fue la zozobra de toda mi tribu y el desaliento humano de quien a su corta edad. Tiene que aprender de modo brutal una cruda lección de desconfianza. Así aprendemos a desconfiar de todos. De los que nos rodean, de quienes bajo la apariencia de personas de bien están en todas partes al acecho dispuestos a sorprender a sus inocentes víctimas, pero también de quienes nos gobiernan.

Una epidemia de delincuencia se ha apoderado de la ciudad. Y las fuerzas del orden arrinconadas por el ensalivado discurso formal, la corrupción y la ineficiencia le han dado gabelas a los indeseables. Hemos recorrido dependencias policiales y hemos podido percibir en carne propia ese choteo que convierte la denuncia en un paseo inútil sin resultado alguno. Con el falso argumento de que “el Nuevo Código Procesal nos ata las manos”. Y con efectivos policiales desganados, los pillos, en Piura, están de plácemes.

El mismo vía crucis desesperante se puede sentir trepando las peligrosas escaleras del hacinado palacio municipal un verdadera joyita para Defensa Civil. O defendiendo las pertenencias en las agencias de la avenida Sánchez Cerro en donde pululan carteristas y rateros, justamente, al frente de la Comisaría. Como peca de la jirafa, el mercado central, desordenado, caótico, inmundo e ingobernable es el recoveco favorito para el despojo. Las víctimas son siempre personas humildes y silenciosas ignoradas por las denuncias pues saben perfectamente que acudir a una comisaría es perder tiempo. El robo a los pobres es un deporte con el que nos hemos acostumbrado a vivir. No hay derecho para continuar así.

Nos incendiamos de rabia cada vez que somos testigos de un delito pero finalmente nos cruzamos de brazos. El colmo es que, en algunos casos, ejercemos la defensa gratuita de los choros. Nos encanta vivir a la defensiva destilando adrenalina y miedo. Esta es una consecuencia de nuestra indiferencia sumada a la de las autoridades. Ese dejar pasar las cosas es un delito tan grave como un asalto a mano armada porque el incumplir con una elemental función pública es una descarada estafa a la voluntad popular.

¡No permitamos que la ley de la jungla se imponga en Piura!. Por eso, todos sin excepción. Gobernantes y gobernados, hombres y mujeres, grandes y chicos, vecinos y vecinas, empresarios y obreros, creyentes e indiferentes debemos emprender una cruzada para devolver a Piura la tranquilidad que necesita y poder enviar confiados a nuestros hijos a las escuelas. Y nosotros mismos poder desplazarnos sin temor. Debemos unirnos contra el crimen. Debemos acabar con irracionalidades tan descaradas como el hueveo de los efectivos del serenazgo dedicados a perseguir el comercio callejero en la Plaza de Armas cuando los salteadores hacen lo que quieren en la periferia de la ciudad. Delito es también ese espacio que la desidia carcome a la falta de autoridad. Si la población no se organiza para denunciar y defenderse es probable que perdamos esta batalla desigual. No nos paralicemos con esa peligrosa anomia social. ¡Piuranos tenemos que actuar!.

Sin llegar al extremo de que por pura impotencia acabemos despellejando y colocando en la parrilla a los delincuentes. Debemos movilizarnos para demostrar que queremos vivir tranquilos y en paz. La paciencia se nos va agotando y la inacción puede tener como epílogo ese afán legítimo de hacer justicia con las propias manos. Hace mucho tiempo que los delincuentes han sentado sus reales en Piura. Las respuestas de nuestras autoridades son eufemismos. Bostezos de indiferencia que no han resuelto el problema y por el contrario han colmado a tope el vaso de la paciencia. Corresponde a la sociedad civil tomar al toro por las astas y abrir camino al respeto, el orden y la tranquilidad. Un ciudad no es más segura solamente porque tiene cámaras video para registrar los delitos, ni porque tiene más uniformados en motos recorriendo las calles. No es así. De nada sirven los medios materiales si está ausente esa honestidad vehemente e inclaudicable contra todas las formas de corrupción. De nada sirve querer ser mejores si nos hacemos los cojudos en el intento.

Una ciudad se convierte en segura cuando sus autoridades con coraje cívico acompañan a su población y son intolerantes contra toda forma de desorden y abuso. Cuando a la propiedad pública y privada se le respeta y la invasión se penaliza sin contemplaciones. Cuando se exigen servicios públicos de calidad y no nos andamos con medias tintas. Cuando se sanciona a esas promotoras de bailes y consumo de alcohol que hacen añicos el ornato y muestran una ciudad sucia. Cuando a la basura se le coloca en su lugar y no se permite que se le abandone en cualquier parte. Cuando se exige a los transportistas que respeten a los niños y ancianos. Cuando hay suficiente energía y agallas para pedir a quienes gobiernan y conducen nuestras instituciones que rindan cuentas. Cuando somos implacables con los que asaltan en las calles pero también con los que pulverizan los presupuestos públicos. O como diría el viejo Platón (427-347 AC) cuando “la ley gobierna a los que gobiernan” y el orden se impone. Sólo así conquistaremos, con entera confianza, una Piura segura, ordenada y pacífica para nosotros y para nuestros hijos.
Gráfico: Platón (427-347AC)

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