domingo, 6 de mayo de 2012

ITINERARIO DE LOS ALUNADOS


Por: Miguel Godos Curay
Luna,luna, luna si te atraparan los gitanos. (Foto O'globo)

La luna en perigeo fue anoche un espectáculo deslumbrante, sin embargo, muchos de los repentinos observadores amanecieron con un inusual dolor de cuello o pescuezo. En puridad semántica dolor de la cerviz que según el diccionario de la Real Academia “es la parte dorsal del cuello, que en el hombre y en la mayoría de los mamíferos consta de siete vértebras, de varios músculos y de la piel”. Sucede que entre los piuranos es una inveterada costumbre el ir mirando el suelo, no sólo para eludir los huecos que abundan en toda la ciudad. Sino por la alucinada esperanza de encontrarnos una moneda de a sol por la calle. Nuestros abuelos deliraban por las pesetas gordas y los centavos. Y cuando el mercado se encontraba a inmediaciones de la Plaza de Armas, chicos y grandes, cernían en canastillas la arena con ese consolador deseo.

Los piuranos no tenemos la costumbre de contemplar el cielo y las estrellas. Y cuando lo hacemos nos cuenta levantar la cabeza. Pese a que uno de los versos del himno patrio advierte que el peruano oprimido “la humillada cerviz levantó”. En Piura levantar la cerviz cuesta y duele. Es tal la mala práctica que hasta en la propia escuela la mirada esquiva de los malos alumnos se concentra en el suelo. Y como dicen los abuelos los mentirosos nunca miran a los ojos y dan la cara. Mirar de frente y mirar hacia lo alto y elevado no es una costumbre nuestra.

Los que miran el cielo adquieren la costumbre de asomarse a la belleza del espacio sideral. Aprenden con naturalidad la geometría celeste. Los que no se reconcentran en el moho hediondo de su ombligo o en la tierra acumulada en las uñas de sus pies. Hace algunos meses una delegación universitaria americana se desplazaba a Paita para conocer el encanto de su apacible bahía. La sorpresa del conductor se produjo cuando le pidieron detener el vehículo para contemplar el cielo. En las megalópolis lo rascacielos ocultan la bóveda celeste. En cambio nosotros tenemos cielo estrellado para rato. Sin embargo, no nos gusta contemplarlo. Lo hace Alberto Gómez Dextre (Algodex) con una pasión contagiosa. Pero ni por asomo los profesores de geografía y los geómetras. Así no surge la ciencia ni la curiosidad se despierta.

La luna. La famosa luna de Paita y el sol de Colán que inmortalizó el veneciano Carletti están presentes en la vida de los piuranos. Las viejas parteras cuando no existía el ecógrafo monitoreaban al feto siguiendo los movimientos lunares. Nuestros abuelos no se cortaban el pelo a la entrada de la luna. Y si querían procrear varones, con calendario Bristol en la mano marcaban las noches de luna nueva. Los epilépticos y los tronados eran preparados para los percances de las noches de luna llena. A los perros y perras “alunadas” se les colgaba un espejo en el cuello para evitar la furia erótica de la luna. Las fracturas, las heridas y cicatrices se reblandecen estas noches iluminadas. En la sierra de Piura las trancas de higuerón y los guayaquiles que se emplean en las construcciones resultan eternos si son cortados en noches de luna llena nunca en cuartos. La luna también provoca nostalgia y tristeza repentina. Entonces las madres expertas en males de amor consuelan a sus hijas con estas mágicas palabras: “Es la luna mi hijita ya le pasara”. Lo cierto es que las consecuencia de los efluvios lunares se acaban a los nueves meses.

Una tarea pendiente de los piuranos es contemplar el cielo y caminar para apropiarse de su aire y de su suelo. Una profesora becaria en Israel comentaba con admiración que la mayor parte de los niños en las escuelas israelíes juegan diariamente a cultivar la tierra y se divierten plantando árboles y en los cementerios de maquinaria agrícola cada uno de ellos simula conducir su máquina para abrir surcos. El juego que es preparación para la vida es tomado en serio y tiene un valor pedagógico extraordinario. En cambio, nuestros niños siguen jugando a policías y ladrones. Cuando no al papá y a la mamá. Nunca plantan un árbol y en los colegios privados los amonestan severamente cuando juegan con la tierra “porque se ensucian”. De modo que no hay argumento para quejarnos porque finalmente desprecian su ciudad y su propia tierra. Sí usted que me lee tiene el deseo de cambiar el curso de la historia. Empiece por mirar la luna y levante la cerviz aunque le duela las primeras veces.

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