domingo, 22 de abril de 2012

¿ES LA IMBECILIDAD CONTAGIOSA?
Fernando Savater
Por. Miguel Godos Curay
Savater advierte que quienes  saben lo que quieren pero hacen lo que no quieren merecen el insoportable calificativo de imbéciles. Igual sucede con los que se empecinan en desinteresarse por el sentido de su vida. Otros son los que equivocando el camino se desangran consumiendo todas sus energías. Al final,  extenuados se consumen en una indigencia desoladora. El imbécil es  un indigente moral que necesita de un bastón para andarse a tientas por la vida. Realmente, el número de imbéciles que nos rodea es inimaginable. Los hay de todo tipo, condición y sexo. Con cuello y corbata, con cargo y sin cargo. El autoengaño convierte al imbécil en presumido. En este extremo hay un universo considerable de sujetos que compran un auto o un bien costoso para demostrar que existen y que tienen poder. A escala los hay que compran el blackberry y traje de marca.
Otros son los que se arrepienten de su elección personal y descubren la colección de defectos de su decisión. Entonces el desencanto se apodera de ellos y la vida se sumerge en una cíclica monotonía. Muchas veces, la imbecilidad consume a los que gobiernan pero también a los gobernados. El gobernante imbécil se convierte en un sujeto incapaz de interpretar las demandas ciudadanas. Para él todo va bien y sin contratiempos. Cuando la realidad oronda y lironda lo contradice sin contemplaciones. Por supuesto entre los consoladores de la imbecilidad están la adulonería y la franela. La incondicionalidad grosera que embota la conciencia y el decoro.
En el territorio  ciudadano la imbecilidad puede interpretarse como esa indiferencia colectiva, una especie de sueño de perro inacabable del que se desinteresa por la vida pública. En Grecia al que se desentendía de la vida pública le llamaban “idiotás”. Y es una especie de idiotez colectiva no ejercitar la vigilancia ciudadana de los que gobiernan. La distancia entre el idiota y el imbécil es imperceptible pero no admite confusión. Cojean de la misma pata y exhiben la misma sonrisa.
La imbecilidad como el camino del infierno está empedrada de buenas intenciones, de promesas incumplidas. De un erróneo sentido de la lealtad. Así se confunden los planos. Cuando la lealtad tiene precio se convierte en una concesión capitulera de beneficios personales que lesionan el bien común. Imbéciles hay en todos los campos de la actividad humana. En las aulas, en los consultorios, en las empresas, en las organizaciones vecinales. Los hay acostumbrados a una moral de elástico condicionada a sus caprichos y a su volubilidad. Los hay  sumergidos en una infelicidad  que les consume el alma y el corazón. Suelen acumular fortuna pero los sorprende la muerte a la vuelta de la esquina. A esta laya pertenecen como dice Segura  esas viejas mañosas con cara de virtud.
El mejor antídoto para la imbecilidad es el aterrizaje en la realidad. La sinceridad y la verdad juegan su parte. Son como la vacuna contra la rabia. Los caminos cortos y sin atajos no existen. No es posible erradicar la imbecilidad de golpe porque hay una imbecilidad gozosa del que siente que le arrancan la piel cuando le cantan sus verdades las que no admite. El admitir el error estremece la conciencia y provoca cambios. El mejor negocio advierte el sabio es comprar a los hombres por lo que valen y venderlos por lo que creen que valen. Lo mismo podríamos decir de los que gobiernan. Muchos podrían ser una oferta perfecta de cabras al barrer.
El primer beneficio es el asomo  de la felicidad. La felicidad no se compra en un escaparate. Ni se vende por kilos en el mercado. La felicidad es un esfuerzo de todos. Compromete a los que mandan pero también a los que acatan los mandatos. La felicidad es un estado de bienestar colectivo. En donde los ciudadanos colaboran con los que gobiernan. Y en donde los ciudadanos asumen cívicamente  que no pueden continuar con un entorno mugroso y en un estado permanente de zozobra y desorden. Decía el viejo Rabindranath Tagore que un pueblo lejano existía en el centro de la ciudad una fuente. Una bruja malvada una brumosa noche arrojó una pócima y envenenó  las aguas. Los vecinos que bebieron  las aguas envenenadas, al día siguiente en turbamulta se dirigieron en protesta  a  reclamar vivamente porque el rey había perdido la razón. El rey acongojado en la noche y acompañado de su propia soledad recorrió las calles del pueblo. Al pasar por la fuente bebió del agua envenenada. Al otro día el pueblo exultante de felicidad se alegró y celebró que su rey había recobrado la razón.