viernes, 16 de marzo de 2012

ELOGIO DE LA CEGUERA


Por: Miguel Godos Curay

La fascinación de la luz es un instinto humano natural. La luz nos permite observar detenidamente nuestro entorno. La oscuridad provoca temor y miedo hasta que nos atrevemos a descubrir la profundidad asombrosa de las tinieblas. Ahí en donde el espacio iluminado se convierte en bruma. En la oscuridad de la noche se afina el pensamiento. Los ciegos sueñan con una mirada perfecta en un mundo pleno de color que no alcanzan a ver los que embotan sus sentidos de luz sin reparar la maravilla que tienen entre manos. El ciego descubre el potente poder de la música y el silencio. La vida es una sinfonía intensa y apasionada.
John Milton, poeta ciego, no hubiera vislumbrado “El Paraíso” si en la plenitud de los sentidos se hubiera detenido en el asomo al caos de la existencia. Borges que sólo tenía sobre las pupilas la sombras. Tuvo una visión esclarecida con una asombrosa lucidez mayor a la de cualquiera de los mortales. Las criaturas míticas de sus ficciones son un caleidoscopio en el que asoman monstruosidades deslumbrantes e irrepetibles.

Luis Alberto Sánchez, el indiscutible maestro sanmarquino, leyó más, con persistente esfuerzo con mayor brío que todos sus alumnos y a fuerza de escuchar se volvió memorioso y sutil en la pureza de la expresión. Ciego fue Homero, el poeta que cantó con envidiable detalle las hazañas de Odiseo. Resulta que la ceguera ilumina las profundidades de la conciencia y convierte las limitadas percepciones en un mundo desbordado de fantasmagoría y de ideas que brotan incontenibles.
Somos en la vida una colección irrepetible de imágenes que conservamos en la memoria. Algunos pasajes de nuestra vida resultan poderosamente inolvidables. Las manos de la abuela. El rostro de las personas que amamos queda detenido en el tiempo. El paisaje de un rincón añorado en el que fuimos alegría queda colgado con un alfiler imaginario en las cuatro esquinas de nuestra memoria interior. Los paisajes más tarde se convierten en territorios desolados. El torso desnudo y el seno en el que se detiene la inasible belleza femenina. La fotografía que nos recuerda que fuimos niñez y juventud. La casa nueva. El cielo preñado de lluvia. El plato delicioso de cebiche aromado de limón y ají.

El mar, la puesta de sol moribundo sobre el tornasol de la tarde. El vapor que parte en el puerto con su chimenea. Los colores de la insignia del colegio. El rostro en la pantalla del ordenador. El mensaje de texto en el celular. La carta escrita a vuelapluma. El recibo de consumo de agua. El libro de poemas que ya nadie lee porque se acabó el colegio. El diploma con letra cursiva que dice que eres docto o maestro en nada. Y que mal de males sino se despinta la tinta los nuevos críos coleccionarán como adefesios del abuelo y la abuela. Y nosotros humanos apasionados descubriremos que hay una ceguera del corazón que es como la ceguera del alma. De ojos que ven pero que no tienen capacidad de asomarse a la belleza invisible del amor sincero, el decoro, la honestidad, la libertad y a la espontaneidad con la que baten sus alas plenas de felicidad y vida los chilalos.
(Foto: Luis Alberto Sánchez)

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