sábado, 16 de octubre de 2010

COMUNICACIÓN Y BUENAS NOTICIAS


Por: Miguel Godos Curay

Todo el mundo aplaude el rescate de los 33 mineros chilenos que quedaron atrapados, desde el pasado 5 de agosto, en la mina San José (Chile). Un yacimiento de cobre a 700 metros de profundidad. El accidente fue calificado como una conmovedora tragedia después del terremoto del pasado 27 de febrero. Tras la infructuosa búsqueda un breve mensaje desde las entrañas de la tierra devolvió la esperanza. Todos los ojos de Chile y el mundo concentraron su mirada en esta circunstancia humana crucial y dolorosa. Periodísticamente el interés humano fluye en la ausencia, la tristeza, la angustia y la melancolía. En estos casos la realidad desborda a la ficción. Las circunstancias extremas como alicientes iluminan con significaciones profundas la vida y nos recuerdan que somos humanos con sentimientos, con convicciones y con valores extraordinarios. Personalmente un hecho que nos conmovió es cómo a partir de un casi imperceptible mensaje el esplendor de la vida fluyó con un vigor extraordinario sobre la perplejidad planetaria. Este hecho en apariencia anecdótico demuestra el valor extraordinario de la comunicación humana.

Lo propio se siente en la comunicación entre personas. Existen familias, instituciones y sociedades que no necesitan 700 metros de distancia para incomunicarse y llenarse de desolación e incertidumbre. La soledad de los ancianos, la de los niños colocados salvajemente frente al televisor, o la de los adolescentes intentándose comunicar con interlocutores desconocidos que les dispensen afecto y ternura en el ordenador, porque no lo tienen en el hogar, a un riesgo indecible resulta tan dramático como el vivir sepultado en una mina.

Es increíble la forma como construimos barreras infranqueables entre nosotros para incomunicarnos. A contrapelo existen verdaderas patologías en sujetos dedicados a usar el ciberespacio con desconocidos propósitos para el delito y la injuria. Pocas veces valoramos lo que realmente significa comunicar. Existe una práctica inveterada, entre políticos y malos estudiantes, el de dar la sensación que escuchan pero no lo hacen. Quien no escucha no comprende. Comprender es necesario para comunicar. Comprender, hay que advertir, no significa coincidir. Comunicar y saber comunicar exige compartir. En efecto, como señala Javier Fernández Aguado, existe una “sordera” que perturba la comunicación fluida en las organizaciones. Existe una sordera para oír las demandas insatisfechas. Existe una sordera que surge de la arrogancia y del abuso.

La comunicación es un lubricante del entendimiento humano. Tanto a nivel familiar, laboral y en la propia sociedad, la comunicación es el ingrediente íntimo que cohesiona y fortalece la buena relación humana. No existen distancias entre lo que acontece al interior de una familia o en el interior de una empresa. La comunicación fortalece y cohesiona. La incomunicación mina progresivamente los valores e infecta con desesperanza e incertidumbre las posibilidades de realización.
La comunicación tiene como punto de partida la realidad. Si se alimenta de irrealidad se convierte en diálogo de humo, en ficción, en deformación, en alucinación que es una percepción vacía o en espejismo que es la falsa percepción. Por ello la comunicación no puede cifrarse en los esfuerzos de emisión de un boletín. La comunicación requiere un diálogo interactivo, un saber escuchar. La comunicación es como el agua para una planta. En gotitas resulta insuficiente pero en exceso y desproporción puede provocar una sobredosis de conocimiento no compartido. El retener información muerde la confianza y detiene el desarrollo personal y organizacional.

Por este motivo, resulta mucho más eficaz, comunicar con adhesión a la realidad. Está demostrado que niños alimentados por sus madres con amor viven mucho más saludables que los que son tratados por nodrizas antisépticas pero con frialdad de robot aunque reciban una mayor porción de alimento. La salud de los ancianos mejora cuando el lubricante de una amena conversación deshoja sus recuerdos. En Cuba, en donde el horizonte de vida humana se ha expandido a los 120 años, se valora a los abuelos y se estimula que como bibliotecas vivientes y parlantes vuelquen sus conocimientos a los niños y a los jóvenes. Un abuelo que se siente útil alimenta sus ganas de vivir. Una palabra amable, un saludo y un abrazo cordial devuelven las ganas de vivir. Théophraste Renaudot (1586 – 1653), célebre médico y periodista francés, descubrió que las buenas noticias sanan y curan. Una buena noticia enciende el ánimo. Es una lotería de felicidad que nos refresca las ganas de vivir y hacer. Casi todas las buenas noticias son parientes cercanas de la verdad. La amargura y el desencanto son hijas putativas de la mentira, la falsedad y el engaño. Las malas noticias tienen que se tratadas como el empaque desechable y ser colocadas en el trastero en el que deben colocarse.

Piura, necesita buenas noticias. No sólo en las páginas de los diarios que son vehículos públicos de lo que nos acontece. Sino en el seno de sus instituciones, en las escuelas, en las universidades, en los clubes, en los gremios, en las familias ahí donde menudea el chisme y la voracidad por la vida ajena. Piura necesita de buenas noticias que despierten de su pereza a la burocracia. Y que nos hagan mirar con luz de sol primaveral que tenemos una ciudad que puede volver a ser limpia, en donde cada uno de nosotros puede contribuir al cambio que todos esperamos. Realmente de malas noticias estamos hartos. Esta semana que pasó hubo buenas noticias respecto a la marcha económica de Piura. Seguimos creciendo económicamente con dos sectores vigorosos: la manufactura y la construcción. Sume a ello el Nóbel de Mario Vargas Llosa tan entrañablemente ligado a Piura. Un valor intangible extraordinario para Piura que no ha sido aquilatado en su justa dimensión. Una buena noticia sería que los candidatos limpien sus pintas y su propaganda que afea la ciudad.

Una buena noticia es como un bálsamo de esperanza que da ganas de vivir. Una mala noticia es un veneno que enferma la conciencia e inyecta a la vena la desconfianza, el rencor, la envidia, el orgullo, la mentira, la miseria y el fracaso. Quien fabrica veneno y esparce veneno acaba nutriéndose de su propia inmundicia que es algo así como adquirir un pasaporte eterno a la infelicidad. Nosotros creemos en el poder iluminador de las buenas noticias.
Ilustración:Théophraste Renaudot (1586 – 1653)

No hay comentarios: