sábado, 1 de septiembre de 2007

SOBRE PIRATAS UNIVERSITARIOS Y FRIJOLES



Por: Miguel Godos Curay
Internet se ha convertido en un aliado terrible de los estudiantes mediocres de las universidades públicas y privadas. Cualquier investigación monográfica del calibre que sea no es más que un pegoteo de textos sin el mínimo pudor y recato, sin la elaboración intelectual elemental. Sin el mínimo discernimiento ni esfuerzo. Sin la consideración ni el respeto por el esfuerzo intelectual ajeno. La mala práctica se ha extendido de tal manera que esta precariedad intelectual está presente hasta en los informes de investigación de algunos docentes universitarios en donde la piratería se ha convertido impunemente en salva frijoles brutal y descarado. En los estudiantes es la cotidiana perversión de la incapacidad.

La injustificada apropiación forma cadenas. Sus defensores argumentan la pobreza de recursos. Otros el ejercicio químicamente puro de la viveza nacional. Los pegotes son un ejercicio ilimitado para estudiantes poco afectos por la lectura y la investigación quienes con una inescrupulosidad inaudita y sin reparos suscriben como cosecha propia los esfuerzos ajenos. El colmo resulta la piratería sutil de tesis universitarias saqueadas de los anaqueles las que recicladas y ante pocos avisados profesores son utilizadas por jóvenes graduados que consideran la investigación como una salchipapas al paso para salir de la universidad.

La plaga se ha extendido como la afición delictiva y adictiva por las ediciones piratas y esa informalidad aromatizada de jugo de cebiche que da un hedor de axila a los encantos de la ciudad. La piratería no tiene piedad por la propiedad intelectual ajena. Arrasa a su paso con todo lo que encuentra. Personalmente me he encontrado con viejos textos personales pero con avezada firma impropia. En un país de piratas, que roban y saquean todo, Alfredo Bryce y Basadre Ayulo, pillados hurtando la cosecha cerebral ajena en sendos artículos periodísticos a los que colocaron su firma, son cerezitas de torta.

Esta práctica infeliz es el producto de la informalidad y cultura combi que ha sitiado las calles en forma de CDs “piratas” con la última película de los Simpsons o el hombre araña. De ese mercado abierto interminable de productos bamba, en apariencia baratos, pero que acaban perforando los bolsillos. Esta informalidad es consecuencia del ingreso masivo de contrabando de juguetes chinos que son de irresponsable riesgo para nuestros niños. Sin duda que es también parte de esa forma de obtener propiedad invadiendo los espacios ajenos tugurizando la ciudad.

En un país en donde se justifica la piratería intelectual, el robo de las ideas, el paso siguiente es el saqueo descarado y organizado en las dependencias públicas. Es así como se organizan esas mafiosas cadenas corruptas inacabables. Es así como se inflan los presupuestos para las tajadas grandes. Pero no todo acaba aquí. También hemos acondicionado nuestro gusto por los productos de mala calidad, por las fragancias “alternativas” que parecen originales pero no lo son. Hemos construido una cultura de la apariencia en donde todo es falsete. En donde hasta las arrugas soportan la violencia engañosa del estirón y en donde la mentira es el mejor ingrediente.

Por eso es que pecamos de poca originalidad y huimos de la sinceridad. Pudiendo volar alto nos encanta arrastrarnos como los gusanos y reptiles. Nos encanta vivir regocijados en la falta de autenticidad en donde la apropiación de lo ajeno es un rito y la mentira un estilo de vida. La informalidad cerebral en la universidad es como una plaga bíblica que mina nuestras posibilidades de una vida decorosa y digna. Por eso no hay razón para quejarnos después que muchos de estos delincuentes instalados en el poder tienen hasta la titulación universitaria.

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