sábado, 4 de agosto de 2007

EL MAL DE OJO Y LA CEGUERA PIURANA


Por: Miguel Godos Curay

El mal de ojo que afecta a los piuranos y que obligaba a nuestras abuelas a indecibles protecciones no es una práctica reciente. Sus orígenes se remontan a las penumbras de la edad media. Hoy con propiedad se indica que su expansión se produjo en el renacimiento en que se produjo un cambio gradual en la jerarquía de los sentidos. Antes existía un predominio del oído que organizaba la vida comunitaria con historias de la aventura humana y divina contadas de boca a oreja con un intenso uso de la memoria y la imaginación.

También existía el predominio del tacto y las sensaciones localizadas en las yemas de los dedos. Por eso todo lo existente tenía que tocarse. Se tocaban, como ahora, las reliquias sagradas y todo objeto preciado y apetecible. Por eso el aro símbolo de la alianza matrimonial en el dedo anular remarcaba a los ojos del mundo la comprobación fehaciente de la virginidad tocada. Según la tradición piurana el mal ojo se produce: “por una mirada intensa que libera la electricidad de las vistas”. Entonces se produce el malestar de los niños. En los adultos el mal de ojo tiene su matiz reconcentrado en el “shucaque” y se localiza en el vientre presa de espasmos dolorosos. En este caso una penetrante mirada desborda el rubor y la vergüenza.

La mirada que come no es otra cosa que la envidia pura. La envidia, del latín invidia, invidentia , es la mirada voraz que desea abruptamente la desventura ajena. Por supuesto es distinto el ojo que ve, contempla, mira y admira y el ojo que desea lo que no tiene ni le pertenece. Los ojos envidiosos son corrosivos pues brota en ellos el ardor encendido de pasiones soterradas y destructivas que desembocan como un río revuelto en el mal.

En Piura abundan los ojos envidiosos que se transforman en lenguas maledicientes. En saludos corteses que destilan veneno por las comisuras. En conversación inagotable donde menudean las virutas del odio y el incendio del egoísmo. La envidia deviene en patología y se convierte en rabiosa tristeza por el éxito ajeno. Los textos de moral advierten que el veneno de la envidia disminuye la propia excelencia, la felicidad, el bienestar y el prestigio. Sobre todo corrompe la amistad y los amigos de entonces ya no son los mismos. Los antídotos contra la envidia son la caridad y la humildad.

Sobre las miradas se ha escrito mucho. Sobre las miradas turbias del deseo y sobre el temor a ser mirados y descubiertos. Una es la mirada de Dios cuyo ojo lo ve todo y aparece en todas las representaciones populares. En la calenturienta y hipnótica Piura, en efecto, existe una devoción al ojo divino pero también con desenfado los piuranos incorporan a su modo de decir las cosas el ojo chiquito, el agujero de la pasión desbocada y el deseo. En el imaginario piurano los ojos y las miradas, guardan una estrecha relación con nuestro modo de construir el mundo. No en vano la vieja mangachería mantiene viva esa vieja devoción a Santa Lucía, la preciosa virgen siciliana patrona de los pobres y los ciegos.

Según la historia a la hermosa Lucía, le arrancaron los ojos pero milagrosamente siguió viendo. Su indulgente devoción nos acompaña desde la estancia en Monte de los Padres. En San Miguel del Villar de Piura, donde hoy nos encontramos, tuvo su santuario, finalmente desaparecido. Ella era invocada como protectora de los ojos y guardiana de las alucinadas miradas de la envidia que nos transportan irremediablemente a la ceguera de la soberbia y del corazón. Esa ceguera de los que teniendo ojos son incapaces de darse cuenta del infeliz paradigma de vivir pobres, tristes y abandonados en la riqueza.

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