Por: Miguel Godos Curay
Parece ser que el manual de la notoriedad y la figuración es el recetario de nuestros gobiernos locales donde nuestras autoridades aparecen para la exhibición y la reelección. A contrapelo desaparecen por arte de birlibirloque frente a sus responsabilidades. Por eso la censura ciudadana está por venir en las próximas elecciones. Nos recuerda el Drae que ínsula viene: Del lat. insŭla 'isla', 'casa aislada'. En su primera acepción: f. Lugar pequeño o gobierno de poca entidad, a semejanza del encomendado a Sancho en el Quijote. Esta es la forma visible de nuestros municipios: Islotes comedidos para la temeridad de dilapidar recursos públicos, “gobiernos de poca entidad” para muchos ciudadanos; “buenos para nada” para otros y el afortunado tesoro de la corrupción y de la cutra para todos.
En
buen romance mucho ruido y pocas nueces. Mucha cumbia sin resultados a la
vista. Nuestra ciudad es muestra de ello no tiene ni pies ni cabeza. Nadie
defiende a Piura de los arboricidios premeditados ni las demoliciones
anunciadas. Ni los remedos del parque de las aguas en una urbe que se muere de
sed. Se recurre mucho al artificio, a la
pólvora y la foto para el momento. A la estridencia de la cumbia, al
pintarrajeo de los muros con el rostro de chicheros consumados. Al empapelamiento
grotesco y chocarrero de toda la ciudad. Condecoras a los mejores por ser ejemplos,
pero no pintas su faz para la admiración cívica de su ciudad.
Somos
el lejano oeste en donde por falta de autoridad nadie está libre de la agresión
brutal de delito. Somos una ciudad invadida por pedigüeños que simulan limpiar
los parabrisas en las intersecciones viales alentando la mendicidad de menores.
Cuando en la ciudad de los ciegos el
tuerto es rey los problemas irresueltos se invisibilizan. El tuerto aparenta
que te mira. En realidad mira la punta de su nariz.
El
aspecto urbano de Piura es desolador. Sus monumentos históricos se desmoronan
con la complacencia del Ministerio de Cultura. Poco queda del pasado y con el
velo de las cortinas se cubre la lenidad de las instituciones. La Piura
señorial a la que cantaban los bardos ya no existe. De la biblioteca nadie se
acuerda. No se compran libros hace mucho tiempo esperanzados en donaciones que
nunca llegan. Se dilapidan los dineros públicos en la capital de la cumbia y en
la notoriedad pervertida antes de invertir en la cultura y la inteligencia.
Esta crisis contagiosa corroe hasta nuestras instituciones en donde las
renuncias colectivas son el hedor de lo mal con que se hacen las cosas.
La
anomia nos consume. Esa indiferencia concesiva que admite y tolera la cutra y
el robo es una vergüenza. Piura huele a caca y todos estamos contentos
sonriendo para la foto en la plaza desarmada, sin bancas, con don Enrique López
Albujar. Sin embargo, la procesión va por dentro. El caos del mercado central
es la demostración visible del relajo de la autoridad. Ahí rejas, calles
invadidas, el desorden son la evidencia de lo mal que se administra y los pocos
esfuerzos por ordenar. Apena observar que lo poco bueno que se hizo se vino por
los suelos por el desorden reinante y contagioso. Tapas de alcantarillas
destrozadas por cebicherías ambulantes que ahí arrojan desperdicios y aguas
servidas. Con espacios lotizados por la informalidad y las mafias que engordan
en nuestro principal centro de abastos. Con semáforos de adorno que
congestionan los accesos al extremo y que nadie respeta. Con drenes colmatados
por falta de mantenimiento. Con desorden en todas las esquinas sólo es posible
afirmar que la autoridad no existe. En
esta materia estamos hasta las huevas me dijo un asiduo concurrente a los
puestos de venta de libros. Razón no le falta.
Un
operativo inopinado de la Sunat, Enosa, Defensa Civil, Compañía de Bomberos,
Dirección de Trabajo y la propia fiscalización municipal son urgentes y
necesarios para acabar con la elusión fiscal que no da comprobantes de pago y
contrata personal sin ningún beneficio
social; la tugurización de la informalidad que lotiza accesos y espacios libres
y de modo irresponsable tolera y fomenta las conexiones eléctricas clandestinas
que en cualquier momento provocan siniestros de dimensiones incalculables. El
desorden empieza con furgones y mototaxis que invaden y bloquean los accesos. Comerciantes
que salen de sus puestos y se apropian de la vía pública. A este problema se
suma la congestión vehicular provocada por el desorden en la avenida Sánchez
Cerro.
La
avenida Sánchez Cerro desde la intersección con la avenida Sullana está sitiada
por las casas comerciales y el comercio ambulatorio que han convertido la vía
pública en estacionamiento privado de vehículos y motocicletas causa de la
estrechez de la vía, congestión y desorden. La inmediata sanción del mal uso de
zonas rígidas y ocupación indebida del espacio público la avenida Sánchez Cerro
se descongestiona en un santiamén. Causa del desorden es la falta de autoridad municipal.
Los supervisores municipales de tránsito hoy dedicados al webveo con su celular
en mano. Sí solo registraran al vehículo o establecimiento infractor y
reportaran a una central notificadora -foto a la vista- su tarea facilitaría el
ordenamiento y se incrementarían las rentas municipales por cobro de multas e
infracciones.
Piura,
una ciudad cálida y apacible. Una región promesa tan grande y tan rica por su
producción agrícola, minera y pesquera no puede continuar creciendo
desordenadamente. Tampoco puede ser el escenario de las inciertas aventuras de
políticos improvisados siete suelas y tramposos que buscan servirse del erario
y a los que poco importa el bien común. Piura, con siete universidades debe ser
el esplendor de las inteligencias, el cambio y la transformación social con
dignidad y decencia. En donde es posible vivir en ciudades ordenadas,
respetuosas del agua, la vida y el ambiente. Ciudades en donde las bestias no talen
impunemente los algarrobos con la creencia infeliz que las mordeduras del
cemento y el asfalto son progreso. No es así. Las severas lecciones del impacto
ambiental apuntan a direcciones diferentes para preservar la calidad de vida y
el bien común. Vendrán diluvios y los ríos anchurosos e indetenibles abrirán
sus cauces ahí en donde la improvisación sentó sus reales. Entonces sólo nos
quedará en la conciencia la certeza de vivir en la carencia y la necesidad
teniendo todo.