domingo, 4 de julio de 2010

POR LA RUTA DE LA CHICHA


Por: Miguel Godos Curay

Catacaos, conserva pese a los saltos de la modernidad sus tradiciones, costumbres y leyendas. Sobre sus callejones los vaivenes del comercio, en donde poco a poco, se posicionan chucherías importadas de China y huchaferías con nombre propio. Los entusiastas mercaderes ignoran la amenaza de extinción que se cierne sobre el zapote y los ayer bosques de palo santo que dispensan la madera para todos los objetos que aquí se venden. A este ritmo, la cerámica de Chulucanas, que goza de la denominación de origen acabará llamándose “Cerámica Catacaos” que es el lugar donde se vende a los entusiastas turistas. Así pasó con los toritos de Pucará, que en realidad se confeccionaban en Santiago de Pupuja ( Puno).

La malentendida modernidad ha filtrado el aroma de “pinoclean” en las picanterías. Otros creen, equivocadamente, que la música estridente de retumbantes columnas resulta más grata que esos bardos callejeros que con voz en cuello entonan con sentimiento un vals de Miguel Correa o un tondero de Goyito Mendoza. Una amenaza para la cocina tradicional son esos chefs con pulcro traje de enfermero expertos en manualidades decorativas pero escasos de sabor. El “majao” de yuca se ha trasformado en un puré chicloso. Y el seco chabelo en otra variante colorida en la que no se encuentra la delicia del plátano verde asado y la carne crocante y seca del puerco o res. Igual sucede con el Señor Ají sustituido por sachets parecidos a los del shampoo. Sin aroma y sin pepas.

El barro de Simbilá. Las jarritas tradicionales son hoy historia. Hoy se usan baldes y bidones de pintura y jarras de vidrio. La maravilla del barro es la frescura que une los sabores de la chicha y la tierra. El buen chichero brinda con el poto en la mano y con la tierra. Hoy, los ayer chicheríos, tienen piso de mayólica vidriada. El rescate de los mates, botijas, cántaros y jarras es una urgente necesidad. La perversión de la tradición es similar al pretender obtener absolución de confesión por Internet. El rito que nos religa con nuestra cultura es insustituible. La cultura no es antiséptica porque se nutre del aire, de la tierra, del fervor y la alegría.

Hoy en Catacaos, los chicheríos y cocinerías, en donde se aprecia el valor de la cocina tradicional se cuentan con los dedos de la mano. Son como aguja en el pajar que sólo se les encuentra cuando se les busca con fruición. Uno de estos lugares es la “Casa de Humo” en la calle Piura. Ahí el tiempo transcurre entre piqueos y hectolitros de chicha que saborean jóvenes y viejos como en antaño. Los concurrentes inician el rito del buen comer y el buen beber con cebiche, caldo de pata de toro y buena jora. Los aficionados al casino, viejos y jóvenes, golpean la mesa con euforia y abandonan esta existencia de angustias, urgencias y pesares para volver a ser carne del mundo con desenfadada picardía

Jubilados ataviados como en los viejos tiempos camisa manga larga. Conversan animadamente. Otros ríen con jocunda desconexión del presente para sumergirse en los recuerdos. Se conversa fluidamente y la cortesía permite que entre una mesa y otra mesa, sin proponérselo, se escuchen historias inauditas, viajes indómitos, lances amorosos, recuentos de encuentros de fútbol, ocurrencias inimaginables. Es posible ver a seres humanos de carne y hueso de esos que se sienten morir en la soledad de un rincón en el hogar animarse vitalmente como si la chicha les inoculara la energía milenaria del maíz. Todos hablan, ríen, olvidan y beben.

Los más alegrones bailan. Vendedores y vendedoras de tamales, caramelos y hasta discos con grabaciones musicales para seguir bebiendo, inexistentes en los circuitos comerciales, son atractivos souvenirs que se pueden adquirir por pocos soles en estos democráticos recintos. Se bebe y se come bien con pocos soles. Aquí los problemas del Perú y de Piura se resuelven de dos puntadas porque también se discute de política. Si nuestros congresales concurrieran a los chicheríos para sentir en carne propia lo que el pueblo piensa de ellos es probable que ya no andarían pendientes, como médico del termómetro, para medir los grados de aprobación con los que gozan.

Ahí todo se sabe y todo se comenta. Que la congresista compró casa, que si mudó de marido. Que los hermanos del congresista son propietarios de la constructora tripa gorda. Corren las apuestas por lo que serán reelectos y el abultado número de los calienta silla. Lo propio sucede con los candidatos. El examen moral al que se les somete tiene veredictos implacables y se desnudan las componendas. Algunos, con lápiz en la pared anotan sus pronósticos para llegado al momento cobrar una vieja apuesta de jarras de chicha.

Los periodistas escasos de primicias podrían anotar una multitud temas inéditos para los noticieros ocupados contumazmente del mal. Como por ejemplo, cuántos hijos de cura hay en Piura. Las últimas adquisiciones prediales de alcaldes regidores y funcionarios, los vínculos inimaginables de jueces y fiscales. Todo se ausculta con curiosidad frenética. Y no faltan el ají y la lisura. No se ignoran debates escatológicos de elevada especulación metafísica como el cuánto cuesta morirse en Piura.

Por supuesto, aquí se remienda la alegría perdida de los tristes. Y se conjuran todas las ausencias. Los amantes desahuciados comprenden que el dolor del corazón puede inspirar la letra de un vals o convertirse en motivo de suicidio de los caídos del guabo. A un enfermo terminal que le habían prohibido la sonrisa le dijeron a viva voz. ¡Para que te afliges si de algo tenemos que morir! “Ríete hermano sácale pica a la muerte”. Aquí se concentra la vida y la alegría. Ese desentendernos de este rompecabezas que es el mundo complicado.

Ahí en la “Casa de Humo”, en un recodo de la calle Piura encontré a un nonagenario con una vitalidad envidiable de jovencito rodeado de su esposa y sus hijos. A don Jorge Hidalgo Castillo que me recomendó con humana pasión “dígale a los periodistas piuranos que busquen buenas noticias”. Yo les traigo el recado. En Catacaos aún sobreviven esas fuentes exultantes de esperanza y alegría que dan sentido a la cotidiana existencia.
Foto: H. Bruning Catacaos