Por: Miguel Godos Curay
El Día del Periodista en el Perú fue
instituido por Decreto Supremo 2521 del presidente Manuel Odría el 1 de octubre
de 1953. En la fecha se conmemora la aparición del Diario de Lima un 1 de
octubre de 1790. El diario de Lima fue fundado y editado por Francisco Antonio
Evaristo Cabello y Mesa, quien firmaba el diario con el seudónimo de Jaime Bausate
y Mesa oriundo de Extremadura (España). Su proeza editorial fue la existencia
de uno de los primeros diarios impresos en el Perú y Sudamérica.
La conmemoración del Día del
Periodista Peruano cada 1º de octubre siempre fue una ocasión propicia para la
evocación de las épicas batallas por la libertad de expresión. Así lo evocaron
periodistas piuranos de la vieja guardia como Miceno y Laureano Carnero Checa. “Cascarita”
recordaba que los periodistas combativos por la libertad de expresión siempre
fueron un estorbo para los dictadores. En efecto, el buen periodismo se
distinguió por su inocultable rechazo a la adulonería y el servilismo.
Recordaba Luis Felipe Angell de Lama el popular Sofocleto. Que muchas veces una
columna bien escrita era un pasaje anticipado al destierro y al saqueo de las
bibliotecas personales. Gracias a Dios los escasos de lectura temen a la
palabra escrita y acaban por inventariar lo que a su imperfecto juicio puede
interpretarse como sedición y reacción contra las dictaduras.
Hoy se lee poco y muchos no acaban por
entender el periodismo de opinión. En buena cuenta ¿qué es la libertad de
expresión? Y el profundo sentido cívico que
representa la crítica a los políticos y sinvergüenzas de toda laya. Hoy se ha
consumado en materia crítica esta astuta y gananciosa conspiración de “los que
roban pero hacen obra”. Menudean las repartijas, los séquitos de adulones, las
sobrepobladas oficinas de relaciones públicas e imagen institucional. Hace ya mucho tiempo afectadas por el cáncer
indetenible de la corrupción.
Ayer hubo momentos en que hasta las
plaquetas de poesía eran incautadas por los aviesos comisarios de las prefecturas
o los séquitos adictos de los congresistas. Hubo momentos en plena dictadura en
que el servicio de inteligencia justificaba su existencia imputando a
periodistas con sentido común ser potenciales agitadores de la conciencia
ciudadana. Lo cierto es que las dictaduras crearon sus propias escuelas de
soplonaje, de saboteo a la correspondencia y a los libros adquiridos fuera del
país. Voluminosos archivos fotográficos se apilaban en los servicios de
inteligencia. Los informes de los soplones nutridos por las mentiras daban
cuenta de rutinas cotidianas de periodistas, dirigentes sindicales e
intelectuales que amenazaban la seguridad nacional.
Contra todos los pronósticos leer y escribir
eran argumentos para todo tipo de sospechas. Para la violación de la
correspondencia, para la agresión injustificada y las amenazas a boca de jarro.
Otras veces sobre todo cuando los esbirros no tenían nada que informar recurrían
a la imaginación y a la ficción política. Muchos de los archivos secretos empezaron
su tarea insidiosa tras los cuarteles en donde a los soplones profesionales se
les llamó servicio de inteligencia y a sus rastreos interminables operativos de
seguimiento y pesquisa. Muchos más caídos que el guabo resultaron prodigiosos y
encandilados mentirosos.
El final de las dictaduras militares
se desplomó con la distensión en las relaciones fronterizas. Los códigos
secretos se pervirtieron y los
delirantes efectivos de estas siniestras unidades de inteligencias se
convirtieron en propietarios de agencias privadas de investigación de
infidelidades conyugales. Para ello recurrían a interceptaciones telefónicas, evidencias
fotográficas y los chismes de barrio. En cierta ocasión debido a las eventuales
lluvias se desplomaron los muros de la Prefectura y quedaron entre los
consabidos archivos de inteligencia listados de subversivos opositores al
régimen, de agitadores sindicales enquistados en el magisterio y de periodistas
cuyo ejercicio era una potencial amenaza para la autoridad. Curioso resulta que
en las listas de agitadores había un acápite especial de curas que le pisaban
los callos al poder y con sus prédicas amenazaban con pasarse a la legión de Satanás.
La libertad de expresión desde la
Federación de Periodistas del Perú fue un baluarte de la libre expresión. Ahí también
se reunían escritores e intelectuales apristas y de la izquierda radical
folletinesca arrinconados en la prensa clandestina. En otros momentos
compositores y poetas de numen incandescente. En aquel entonces el periodismo
se nutría de la buena lectura y de la palabra hablada y bien escrita. Las
escuelas del periodismo surgieron con la irrupción de las rotativas. El periodismo
se aprendía de boca a oreja, conversando, corrigiendo los originales con
lápices de grafito con la atiplada voz de los locutores de radio.
El periodismo, poco a poco, ingresó a
las aulas universitarias en donde la docencia siempre se ejercitó con decencia.
La primera exigencia para el periodista académico fue su indeclinable adhesión
a la verdad y la disciplina de la verificación. A la distinción perfecta entre
la noticia y la información con la opinión. La noticia desde 1862 en plena Guerra
de Secesión emplea la vieja fórmula de la pirámide invertida. ¿Qué?,¿Quién?,¿Cómo?,
¿Cuándo?, ¿Dónde? ¿Por qué? y ¿Para qué?.
Menos floro más sustancia informativa.
Cómo una apetitosa ensalada de frutas: la entrevista, amena y primicias
en su diálogo inteligente. Los artículos
y los editoriales eran producto del punto de vista personal cimentado del
conocimiento y la lectura.
Sin duda, una de las tareas
obligadas para el iniciado en periodismo
fue la tarea de corrección de originales y pruebas de galera. El aprendizaje de
las medidas tipográficas el anotar en una libreta la información al detalle. Eran
parte de esta disciplina de las ayer ruidosas redacciones. Cada redactor
cuidaba sus cuartillas de papel para
redactar en las viejas Remington duras y recorridas. Entre los mejores redactores
no faltaban los memoriosos y conversadores. Los devoradores de la lectura amena,
los correctores de la defectuosa gramática y deplorable ortografía de la
competencia.
No existían las redacciones
silenciosas en todas se hablaba fuerte casi a boca de jarro. Sonaban los teléfonos
y los teletipos. La euforia crecía desbordante a la hora de cierre. La primicia
tenía un enorme valor periodístico pues ocupaba la primera plana. Los
redactores sensatos recurrían
al diccionario de la RAE. Por supuesto había redactores serios incapaces de
sonreír y celebrar alguna ocurrencia. Todos celebraban el día del periodista
como una fecha gloriosa dedicada a la libertad de prensa ingrediente fundamental
de las sociedades democráticas. El almuerzo
festivo era lo mejor del recetario criollo para celebrar se cantaba, se
reía y se brindaba con cerveza. Se contaban anécdotas y chistes memorables. El
tradicional “Cierre de edición” se adelantaba algunas horas. Hoy los tiempos
han cambiado. Han desaparecido las redacciones, hoy se usa y se abusa del
celular las Laptop y la IA. Hoy
simplemente se copia y pega sin reparo anulando el principio fundamental de la
verificación de fuentes y el servicio indeclinable a la verdad.

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