jueves, 1 de octubre de 2026

¡FELIZ DÍA DEL PERIODISTA!

Por: Miguel Godos Curay



El Día del Periodista en el Perú fue instituido por Decreto Supremo 2521 del presidente Manuel Odría el 1 de octubre de 1953. En la fecha se conmemora la aparición del Diario de Lima un 1 de octubre de 1790. El diario de Lima fue fundado y editado por Francisco Antonio Evaristo Cabello y Mesa, quien firmaba el diario con el seudónimo de Jaime Bausate y Mesa oriundo de Extremadura (España). Su proeza editorial fue la existencia de uno de los primeros diarios impresos en el Perú y Sudamérica.

La conmemoración del Día del Periodista Peruano cada 1º de octubre siempre fue una ocasión propicia para la evocación de las épicas batallas por la libertad de expresión. Así lo evocaron periodistas piuranos de la vieja guardia como Miceno y Laureano Carnero Checa. “Cascarita” recordaba que los periodistas combativos por la libertad de expresión siempre fueron un estorbo para los dictadores. En efecto, el buen periodismo se distinguió por su inocultable rechazo a la adulonería y el servilismo. Recordaba Luis Felipe Angell de Lama el popular Sofocleto. Que muchas veces una columna bien escrita era un pasaje anticipado al destierro y al saqueo de las bibliotecas personales. Gracias a Dios los escasos de lectura temen a la palabra escrita y acaban por inventariar lo que a su imperfecto juicio puede interpretarse como sedición y reacción contra las dictaduras.

Hoy se lee poco y muchos no acaban por entender el periodismo de opinión. En buena cuenta ¿qué es la libertad de expresión?  Y el profundo sentido cívico que representa la crítica a los políticos y sinvergüenzas de toda laya. Hoy se ha consumado en materia crítica esta astuta y gananciosa conspiración de “los que roban pero hacen obra”. Menudean las repartijas, los séquitos de adulones, las sobrepobladas oficinas de relaciones públicas e imagen institucional.  Hace ya mucho tiempo afectadas por el cáncer indetenible de la corrupción.

Ayer hubo momentos en que hasta las plaquetas de poesía eran incautadas por los aviesos comisarios de las prefecturas o los séquitos adictos de los congresistas. Hubo momentos en plena dictadura en que el servicio de inteligencia justificaba su existencia imputando a periodistas con sentido común ser potenciales agitadores de la conciencia ciudadana. Lo cierto es que las dictaduras crearon sus propias escuelas de soplonaje, de saboteo a la correspondencia y a los libros adquiridos fuera del país. Voluminosos archivos fotográficos se apilaban en los servicios de inteligencia. Los informes de los soplones nutridos por las mentiras daban cuenta de rutinas cotidianas de periodistas, dirigentes sindicales e intelectuales que amenazaban la seguridad nacional.

 Contra todos los pronósticos leer y escribir eran argumentos para todo tipo de sospechas. Para la violación de la correspondencia, para la agresión injustificada y las amenazas a boca de jarro. Otras veces sobre todo cuando los esbirros no tenían nada que informar recurrían a la imaginación y a la ficción política. Muchos de los archivos secretos empezaron su tarea insidiosa tras los cuarteles en donde a los soplones profesionales se les llamó servicio de inteligencia y a sus rastreos interminables operativos de seguimiento y pesquisa. Muchos más caídos que el guabo resultaron prodigiosos y encandilados mentirosos.

El final de las dictaduras militares se desplomó con la distensión en las relaciones fronterizas. Los códigos secretos se pervirtieron   y los delirantes efectivos de estas siniestras unidades de inteligencias se convirtieron en propietarios de agencias privadas de investigación de infidelidades conyugales. Para ello recurrían a interceptaciones telefónicas, evidencias fotográficas y los chismes de barrio. En cierta ocasión debido a las eventuales lluvias se desplomaron los muros de la Prefectura y quedaron entre los consabidos archivos de inteligencia listados de subversivos opositores al régimen, de agitadores sindicales enquistados en el magisterio y de periodistas cuyo ejercicio era una potencial amenaza para la autoridad. Curioso resulta que en las listas de agitadores había un acápite especial de curas que le pisaban los callos al poder y con sus prédicas amenazaban  con pasarse a la legión de Satanás.

La libertad de expresión desde la Federación de Periodistas del Perú fue un baluarte de la libre expresión. Ahí también se reunían escritores e intelectuales apristas y de la izquierda radical folletinesca arrinconados en la prensa clandestina. En otros momentos compositores y poetas de numen incandescente. En aquel entonces el periodismo se nutría de la buena lectura y de la palabra hablada y bien escrita. Las escuelas del periodismo surgieron con la irrupción de las rotativas. El periodismo se aprendía de boca a oreja, conversando, corrigiendo los originales con lápices de grafito con la atiplada voz de los locutores de radio.

El periodismo, poco a poco, ingresó a las aulas universitarias en donde la docencia siempre se ejercitó con decencia. La primera exigencia para el periodista académico fue su indeclinable adhesión a la verdad y la disciplina de la verificación. A la distinción perfecta entre la noticia y la información con la opinión. La noticia desde 1862 en plena Guerra de Secesión emplea la vieja fórmula de la pirámide invertida. ¿Qué?,¿Quién?,¿Cómo?, ¿Cuándo?, ¿Dónde? ¿Por qué? y ¿Para qué?.  Menos floro más sustancia informativa.  Cómo una apetitosa ensalada de frutas: la entrevista, amena y primicias en su diálogo inteligente.  Los artículos y los editoriales eran producto del punto de vista personal cimentado del conocimiento y la lectura.

Sin duda, una de las tareas obligadas  para el iniciado en periodismo fue la tarea de corrección de originales y pruebas de galera. El aprendizaje de las medidas tipográficas el anotar en una libreta la información al detalle. Eran parte de esta disciplina de las ayer ruidosas redacciones. Cada redactor cuidaba  sus cuartillas de papel para redactar en las viejas Remington duras y recorridas. Entre los mejores redactores no faltaban los memoriosos y conversadores. Los devoradores de la lectura amena, los correctores de la defectuosa gramática y deplorable ortografía de la competencia.

No existían las redacciones silenciosas en todas se hablaba fuerte casi a boca de jarro. Sonaban los teléfonos y los teletipos. La euforia crecía desbordante a la hora de cierre. La primicia tenía un enorme valor periodístico pues ocupaba la primera plana. Los redactores sensatos    recurrían al diccionario de la RAE. Por supuesto había redactores serios incapaces de sonreír y celebrar alguna ocurrencia. Todos celebraban el día del periodista como una fecha gloriosa dedicada a la libertad de prensa ingrediente fundamental de las sociedades democráticas. El almuerzo  festivo era lo mejor del recetario criollo para celebrar se cantaba, se reía y se brindaba con cerveza. Se contaban anécdotas y chistes memorables. El tradicional “Cierre de edición” se adelantaba algunas horas. Hoy los tiempos han cambiado. Han desaparecido las redacciones, hoy se usa y se abusa del celular las Laptop y la IA.  Hoy simplemente se copia y pega sin reparo anulando el principio fundamental de la verificación de fuentes y el servicio indeclinable a la verdad.

  

 

  

No hay comentarios: