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| La poda salvaje es adelanto de un arboricidio. |
Cuando en 1870 el vecino Fernando Reuche donó 24 plantones de tamarindo para dar sombra en la Plaza de Armas de la ciudad buenos vecinos como Manuel Saldarriaga los regaron con sangre de toro para que crecieran fuertes, lo que sucedió en efecto, eran parte del admirable paisaje urbano de la ciudad. Así lo dicen las postales coloridas que editó don Enrique del Carmen Ramos.
La poda salvaje y brutal de los pocos
árboles “sobrevivientes” de la avenida Grau demuestra la alevosa e impune
negligencia de quienes conducen la ciudad. Los árboles en todos los pueblos
civilizados son elemental motivo de respeto y decoro. Este injustificado, alevoso
e irresponsable maltrato ambiental exige la intervención del Ministerio Público
en materia competente en ecología y ambiente.
Nos importa conocer que profesionales
incompetentes justificaron el arboricidio. Quienes tenemos la certeza que los árboles oxigenan
y mejoran el ornato en la ciudad entendemos lo desatinado pobre de argumentos
de la disposición municipal. Lo poco verde que tenemos no merece ese maltrato vil
y despreciable. La mutilación artera es producto de la ignorancia y el desconocimiento
de la naturaleza.
Sí Piura no se pone de pie frente al
abuso agraviamos el legado de nuestros antepasados. ¿Qué clase de ciudadanos
somos si guardamos silenció frente a este indecible atropello ambiental? Hace
algunos meses talaron 700 algarrobos en la avenida Don Bosco por esa estúpida
vanidad burocrática de exhibir cemento como símbolo de progreso. Nadie dijo
nada. Por eso no resulta extraño – como nos
advierten- del actuar de la comuna. Primero
condecora a “piuranos ilustres” como anticipo a los inocultables reclamos la falta
de respeto a la ciudad.
Las ciudades despojadas de decoro y
respeto a la naturaleza y el ambiente demuestran una precariedad moral
inocultable. Todo abuso insoportable, desde todo punto de vista, merece una
sanción ejemplar inolvidable. A ese paso
de vaivenes, marchas y retrocesos, desaparecieron los pocos algarrobos y
árboles plantados y regados por los vecinos. Hasta las palmeras que rodean el
monumento a Grau languidecen. En esta
Piura de la presunta modernidad: Los
mototaxis remplazan a los piajenos que ayer proveían de leche fresca de cabra y
pan caliente a los vecinos. A este paso nos quedamos sin los umbríos tamarindos,
algarrobos y ficus de la Plaza de Armas.
Todo se desploma por el inconmensurable peso de la indignidad.
El encementado descomunal de calles y
callejones ha dejado sin cimientos a las centenarias casonas indefensas de los
tradicionales e históricos barrios la “mangachería” al norte y “gallinacera” al sur de la ciudad bienes
inmobiliarios despojados de la obligada protección del Ministerio de Cultura.
Piura se desploma tras ese festín criminal
del cemento. Ni siquiera las facultades de Arquitectura e Ingeniería Civil de
nuestras universidades, ni los colegios profesionales se pronuncian ante este
arrebato ganancioso de incertidumbre, imprevisión inflados presupuestos y repartijas
de coimas.
Dios proteja a los árboles mutilados
frente a esta muerte lenta decretada por los imbéciles que ignoran el sabio
lenguaje de la naturaleza. No se piense
que el cemento es progreso. La moderna arquitectura y la ingeniería de obras públicas
considera que los suelos con napa freática alta se estabilizan con árboles que
mejoran el paisaje y añaden vida a los espacios urbanos. No se piense que talando
árboles se ganan votos. El desprecio a la naturaleza es la causa principal del
rechazo unánime. La felicidad de los niños, el entusiasmo de los jóvenes y la
gratitud de los viejos no tiene precio.

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