sábado, 22 de agosto de 2026

CARTA ABIERTA A LA COMUNA DE PIURA

La poda salvaje es adelanto de un arboricidio.

Cuando en 1870 el vecino Fernando Reuche donó 24 plantones de tamarindo para dar sombra en la Plaza de Armas de la ciudad buenos vecinos como Manuel Saldarriaga los regaron con sangre de toro para que crecieran fuertes, lo que sucedió en efecto, eran parte del admirable paisaje urbano de la ciudad. Así lo dicen las postales coloridas que editó don Enrique del Carmen Ramos.

La poda salvaje y brutal de los pocos árboles “sobrevivientes” de la avenida Grau demuestra la alevosa e impune negligencia de quienes conducen la ciudad. Los árboles en todos los pueblos civilizados son elemental motivo de respeto y decoro. Este injustificado, alevoso e irresponsable maltrato ambiental exige la intervención del Ministerio Público en materia competente en ecología y ambiente.

Nos importa conocer que profesionales incompetentes justificaron el arboricidio.  Quienes tenemos la certeza que los árboles oxigenan y mejoran el ornato en la ciudad entendemos lo desatinado pobre de argumentos de la disposición municipal. Lo poco verde que tenemos no merece ese maltrato vil y despreciable. La mutilación artera es producto de la ignorancia y el desconocimiento de la naturaleza.

Sí Piura no se pone de pie frente al abuso agraviamos el legado de nuestros antepasados. ¿Qué clase de ciudadanos somos si guardamos silenció frente a este indecible atropello ambiental? Hace algunos meses talaron 700 algarrobos en la avenida Don Bosco por esa estúpida vanidad burocrática de exhibir cemento como símbolo de progreso. Nadie dijo nada.  Por eso no resulta extraño – como nos advierten- del actuar de la comuna.  Primero condecora a “piuranos ilustres” como anticipo a los inocultables reclamos la falta de respeto a la ciudad.

Las ciudades despojadas de decoro y respeto a la naturaleza y el ambiente demuestran una precariedad moral inocultable. Todo abuso insoportable, desde todo punto de vista, merece una sanción ejemplar inolvidable.  A ese paso de vaivenes, marchas y retrocesos, desaparecieron los pocos algarrobos y árboles plantados y regados por los vecinos. Hasta las palmeras que rodean el monumento a Grau languidecen.  En esta Piura de la presunta modernidad:  Los mototaxis remplazan a los piajenos que ayer proveían de leche fresca de cabra y pan caliente a los vecinos. A este paso nos quedamos sin los umbríos tamarindos, algarrobos y ficus  de la Plaza de Armas. Todo se desploma por el inconmensurable peso de la indignidad.

El encementado descomunal de calles y callejones ha dejado sin cimientos a las centenarias casonas indefensas de los tradicionales e históricos barrios la “mangachería”  al norte y “gallinacera” al sur de la ciudad bienes inmobiliarios despojados de la obligada protección del Ministerio de Cultura.

Piura se desploma tras ese festín criminal del cemento. Ni siquiera las facultades de Arquitectura e Ingeniería Civil de nuestras universidades, ni los colegios profesionales se pronuncian ante este arrebato ganancioso de incertidumbre, imprevisión inflados presupuestos y repartijas de coimas.

Dios proteja a los árboles mutilados frente a esta muerte lenta decretada por los imbéciles que ignoran el sabio lenguaje de la naturaleza.  No se piense que el cemento es progreso. La moderna arquitectura y la ingeniería de obras públicas considera que los suelos con napa freática alta se estabilizan con árboles que mejoran el paisaje y añaden vida a los espacios urbanos. No se piense que talando árboles se ganan votos. El desprecio a la naturaleza es la causa principal del rechazo unánime. La felicidad de los niños, el entusiasmo de los jóvenes y la gratitud de los viejos no tiene precio.

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