sábado, 20 de junio de 2020

LA INOLVIDABLE HUELLA DE PAPA


Por: Miguel Godos Curay

La tarjeta de mi nieto Santiago
Esos percances imprevisibles y desafortunados en los que declina la glucosa pueden esfumarte la conciencia. Pierdes el conocimiento y sin la atención oportuna puede sobrevenirte un infarto cerebral con daños irreversibles o la muerte misma. Eso fue lo que me pasó anoche. Pero mis perros tocan la puerta con sus patas y tienen un olfato increíble acudieron presurosos en este trance de inconciencia.  Tras la alerta canina. Sin la ayuda de mis generosos vecinos no hubiese podido ser evacuado a emergencia del hospital Reátegui. Agradezco la buena atención de la doctora Cory Chamán de turno y la enfermera de la sección anoche. Me suministraron glucosa. Recuperé la lucidez por largos instantes extraviada. A todos ellos mi gratitud eterna.  Sin vuestra ayuda no hubiera podido escribir estas líneas. Me esperaba lo peor.

Los ojos de Santiago me ven así,
.
En ese estado. En ese estar y no estar. No lo olvido tengo el recuerdo vivo y patente en este trance. Un diálogo con Octavio Zapata Albán, “garra negra”. En ese conversación entrecortada e irrepetible en medio de la inconsciencia le pregunté balbuceando a mi hijo Juan ¿dónde estaba Octavio? si me había acompañado a emergencia del hospital Reátegui. A Octavio lo sentí, todo el tiempo.  Estuvo a mi lado y respondió a mi llamado: “¡Ya te vi garra negra!”. Recuperada la lucidez, ya en casa, recorrí los trazos en agua tinta y a vuelapluma de Mario Navarro. Lo contemplé y agradecí su nobleza en este itinerario indeseable de la imaginación o del lenguaje generoso de las almas. Mi héroe personal pertenece a la dimensión ultraterrena.  Mi generosa compañía, de anoche, reposa en el Cementerio San Miguel Arcangel.

He buscado en Internet aquellas palabras sabias que brotaron de sus labios un sábado de Agosto del 2015: “Los niños son el capital genético del Perú papá. Sin la inteligencia de los niños el Perú se revienta. La demolición ya empezó las minas, el gas, el petróleo no son nuestros. A los peruanos, no nos queda nada. Grecia está a la vuelta de la esquina y nos hemos dado cuenta. Cada hora luz, cada minuto luz, cada segundo luz, revienta la economía.”

Confieso, he vivido ese natural recelo en las puertas del hospital del contagiado por la pandemia. La misma sensación del gato cuando ve perro. Todos corren. No fue esa la causa de mi paso por el hospital. Fue un percance letal para un diabético cuando declina la glucosa a niveles insostenibles y no admite treguas. Para el cerebro glucosa y oxígeno son  los combustibles vitales. Hace algunas horas salí del hospital. Reitero, estoy  muy agradecido por el trato humano y amable del personal médico y enfermeras de Essalud. Si no hubiese sido por la atención oportuna. No celebraría con gratitud el día del padre.

Tengo cuatro hijos que son mi irreductible capital. Soy abuelo. Y es posible que mis nietos esperen de mi trajinada Laptop fascinantes relatos. Los escribiré pues resuenan en mi cabeza como olla de pop-corn.  Al filo de la madrugada no puedo sustraerme  a la tristeza por los papás y mamás ausentes en la UNP. En esa vigilia reflexiva escuché con audífonos a don Fernando Ocáriz el prelado del Opus Dei hablar sobre la Virgen y me quedé dormido. Mi padre encarnó ese coraje de ajustar las once tuercas de su numerosa prole.  Y ahí estuvo pendiente de todos. Sobre la losa de su nicho han colocado de él una foto sonriente. Ni adusto ni cojudamente tieso.  Esta el viejo con su humanidad plena. No tiene pelo como yo. Yo me afeito al primer brote de pelo aparecido sobre mi cabeza. He aprendido a vivir sin pelos en la cabeza y en la lengua.

El instinto paternal tiene la misma esencia del maternal. La madre lo da todo. El padre, en apariencia, aplica la aritmética de sumas y restas de afecto y de ternura pero al sacar la raíz cuadrada, raciocinio puro, es siempre protector, sabio y bueno. ¿Qué no daría por la felicidad de sus hijos? Mi padre me hizo heredero universal de su reloj de cuerda Olma y un afecto inalterable por los libros. Una extraordinaria fortuna. Cuando ingresé a la universidad me regaló la Historia de América de Luis Alberto Sánchez comprada en la Librería Studium. Cuando le confesé este detalle a LAS me dijo me enorgullece ese premio para la inteligencia. Conversar con el autor de mi libro favorito, acrecentó mi pasión por la lectura y la palabra escrita.  Escribe corto para que te lean  y bien para que no te olviden recomienda Pulitzer. Mi padre me enseñó en el malecón, frente al mar de Paita, que sus castillos, torres, bajeles y velas sólo existieron en la imaginación. Ese recuerdo etéreo de la infancia permanece junto al esplendor argentino de la luna de Paita. La imaginación nos sostiene en este mundo buscando soluciones creativas para enfrentar la crudeza de los tiempos duros. La imaginación nos hace falta para enfrentar los caprichos de la pandemia.

Los amigos de mi padre que no fueron pocos eran obreros y pescadores curtidos por el sol. Muchos como los Ruiz y los Tume de Puerto Nuevo ya se fueron. Todos ellos con aficiones geniales  a los oficios para los tiempos de veda remendando redes. Mi padre fue pintor de brocha gorda, experto en sacar lustre a los viejos monumentos de bronce  con su pátina verde del tiempo. Nunca perdió su cariño y gratitud a sus mascotas. Me sucede a mí lo mismo. La vida permanece  incompleta sin la compañía de un perro o un felino. Son los ingredientes de  felicidad. Mis perros están siempre en la puerta de mi dormitorio. Se les ocurre tocar con insistencia a las cinco de la mañana. Son un reloj puntual. Pulgarcito y Bartito no son amigos de prolongadas horas de sueño. Ellos prefieren la siesta. Son mis mascotas. Sienten si estoy bien o no.

Ser padre en el Perú en tiempo de pandemia es un esfuerzo colosal enorme. He visto legiones de comerciantes reconvertirse en vendedores de máscaras, guantes y alcohol. Se las ingenian para sobrevivir sin los bonos del Estado. Caminan largos trechos porque no tienen para los pasajes. Los hay quienes con discreción recogen lo que otro arrojó en los playones de los mercados. Los sacudones de la economía estremecen a los más pobres. A los que viven de la ganancia del día. Otros están cruzados de brazos esperando se reactive la economía y acabe la suspensión perfecta.

Mientras escribo estas líneas muchos padres se movilizan al filo de la madrugada. Unos recorren las pistas, otros aguardan turno en los hospitales, otros se reinventan para sobrevivir. Los padres del Perú son héroes de carne y hueso y cuando la tentación del fracaso nos asalta emergen con vigor ético inusitado. Podrían dar una lección genuina de honestidad a cualquier funcionario del gobierno. Hay papás siete oficios. Rebuscan por todas partes y no se dejan morir. Sin embargo, no existen para la estadística oficial. Sin ellos, no se mueve  la economía del país. Mi profunda admiración y mi entrañable recuerdo a los ausentes. Como en el Pronoei del barrio los pequeñines repiten a viva voz: “Mi madre es una rosa/ mi padre es un clavel/ yo soy un brotecito/ que acaba de nacer”. Feliz día clavelito por las imborrables horas que me acompañan todo el tiempo. ¡Gracias papá!  
Post data: Gracias, muchas gracias a mis amigos de la Escuela de Comunicación. A todos ellos gracias por su gentil cuota impagable de solidaridad. A todos mi gratitud y la de mis hijos.

martes, 2 de junio de 2020

LA CHABELITA DE JUNIO


Por: Miguel Godos Curay

Isabel Ramos Seminario a los dos años de edad-
La casa Museo Grau no es la misma tras la ausencia de Isabel Ramos Seminario. Con su talante humano, su don de gentes, su entusiasmo despertó el interés por el tópico piurano a cuanto estudioso visitó la casa. Era una apasionada de la historia y a fuerza de indagar sobre entronques y linajes acabó de genealogista.  Su libro sobre Los Seminario de Piura publicado en el N° 18 de la Revista del Instituto Peruano de Investigaciones Genealógicas, es un apreciable documento.

Frecuenté a Chabela quien fue una fina y viva conexión con los piuranistas  Antonio Rumiche Ayala, Carlos Robles Rázuri entonces Director del Archivo departamental de Piura, Jorge Moscol Urbina autor de libros profusos en datos El Comercio en Piura y  la Historia de la Cámara de Comercio  de Piura que abrieron numerosos caminos para el estudio de la actividad económica  regional. Y  investigadores como Anne Marie Hocquenghem, Juan José Vega, Susana Aldana, Laura Hurtado  todos ellos vinculados al pasado regional.

Isabelita añadió  a la Casa Museo Grau la mejor comprensión sobre el pasado del héroe su proximidad a estudiosos como Ella Dumbar Temple, Miguel Maticorena Estrada, Miguel Arturo Seminario, José Agustín de la Puente y Guillermo Thorndike autor de seis volúmenes sobre la vida de Grau editados por el Congreso de la República.  El escritor encontró en ella a una valiosa fuente de información. Un camino, partiendo de la intimidad familiar y la mirada  de los ojos azul verdes de doña Luisa Seminario, la madre, penetraba en la grandeza humana de Grau.

De la Puente penetró en la estatura ética y cívica de Grau, sus valores profundamente cristianos su lealtad a la Constitución en su contexto histórico. Grau sigue siendo en Piura fermento de piuranidad. Llamarlo el peruano del milenio es como convertirlo en una Coca- Cola helada en el desierto para la mejor sed. Su estatura humana extraordinaria tiene otras reveladoras dimensiones poco conocidas. Grau es mucho más. Su nombre sabe a sal y a grandeza humana. Si abrió sus ojos de niño al mar en Paita. Si aprendió a vivir el duro trajín marinero con austeridad y creció con un temple humano insuperable. Habría que asomarse, como lo señaló con profundidad aristotélica la doctora Luz González Umeres, a sus virtudes  humanas, cívicas y cristianas.

Isabel  Ramos Seminario,  nos aproximó a Grau  con su talante humano y ese emprendimiento invisible que permitió  dotar de mobiliario a la casa museo. Viejas sillas de esterilla estropeadas por el olvido y la modernidad que estorbaban en el municipio fueron rescatadas y restauradas para dar vida a los ambientes. Con el concurso de amigos como Armando Burneo Seminario se completó esta tarea diligente y silenciosa. Lo que vino después alejó a los visitantes asiduos. Chabelita era parte de esa perennidad dialogante de ese afecto entrañable por el pasado y por la historia. Sentimos su ausencia. Su don de gentes, su trato cortés y amable. Distinto de ese estar y no estar en el recinto. Estar para la foto y escurrirse en la propicia ocasión para atender a los visitantes. Escolares, ama de casa, piuranos y visitantes de rincones ignotos del Perú. Nacionales y extranjeros.

Se ha ido en junio Isabel Ramos Seminario. Se siente la ausencia. Su levedad recorre los rincones ahí donde se escuchó su voz y se convirtió en magia encantadora su presencia. Siempre fue un hato de recuerdos, un álbum inacabado de viejas fotografías sustraídas por furtivos coleccionistas para negociar y reproducir impunemente. Olvidando, como se dice en Piura, Chabela fue siempre mano abierta. Generosa y puntual. A decir de Juan José Vega tenía ese don encantador de la piurana inteligente, conversadora amena, respetuosa y gentil.

Como en sus cotidianas caminatas por la avenida Grau, camino a la casa museo, será siempre un grato recuerdo de la piuranidad ausente. Vivimos el vértigo de criaturas sin memoria. Sin historia y sin identidad propia. Tiempos duros nos toca enfrentar y sobreponernos a esta bíblica plaga colectiva que con inaudita  crueldad nos arrebata de las manos lo que más queremos y estimamos. No es la primera vez que nos sacude el mal. Tenemos en nuestra gea la huella de todas las inesperadas tragedias. Dios nos mantiene en pie. Y a su paso  por esta  Piura de calles y callejas desoladas descubrió tras la lluvia repentina entre algarrobos verdes  la chabelita más donosa para aliviar su tristeza. Y se la llevó para siempre.

LOS BIGOTES QUE ESCRIBEN


Aldo Cango, Raúl Almeida y Jorge Aldana de Correo

Por: Miguel Godos Curay

Una legión de amigos ha partido en un abrir y cerrar de ojos. Raúl Almeida Saldarriaga, un periodista memorioso autor de inolvidables crónicas deportivas y un lector empedernido de textos poco conocidos de la historia de Piura nos ha dejado sin avisar. Raúl nos entregó un ejemplar  de la primera edición de “Lámpara Votiva” de López Albújar. Ahí aparece su telúrico poema “Anoche estuve en Piura” que en  versos noctámbulos dice: “Anoche estuve en Piura, /anoche, a media noche por ventura / ansioso de mirarla, reandarla, sentirla / y aspirar su terrígena fragancia/ para, como el gigante mitológico/ recuperar mis fuerzas al pisarla”.

Por aquellos días estaba en plena demolición La Casona frente a la Plaza de Armas  para edificar una sede bancaria. Nada se pudo hacer para impedir ese salvaje y aparente jubiloso avance del progreso. En horas la trajeron por los suelos. De nada valieron nuestros ruegos y lamentos. Y como premio consuelo se ofreció a la ciudad una sala permanente para la muestra y exhibición de la producción artística y cultural de Piura. Un premio a la modernidad que duró poco. Hoy ya no existe y los rapaces banqueros, en silencio y sin reparo, se hicieron de la vista gorda. La sala de exposiciones dedicada a Piura ya no existe.
Raúl era hincha del Atlético Grau y vivió sus mejores performances junto a un dirigente apasionado y solvente  como  Orlando Balarezo Calle. Mucho de lo escrito sobre el Grau salió de su pluma y junto a él la certera convicción que el fútbol llegó a Piura por Paita con ingleses que instalaron el ferrocarril en 1872. Otro reducto de peloteros fue el campamento petrolero de Talara. Ahí los obreros, en sus tiempos libres, disputaban match tal como lo hacían los británicos. Piura mantenía un vínculo amable con la Gran Bretaña.  

Por eso un 8 de febrero de 1931 a bordo del vapor Oropesa procedentes de Panamá arribaron a la bahía de Talara el Príncipe de Gales, futuro Eduardo VIII, y su hermano Jorge, Duque de Kent. Históricamente fue la primera vez que miembros de la familia real británica visitaban el Perú. En Talara, el Príncipe de Gales, Eduardo de Windsor, y su hermano Jorge recorrieron los campamentos petroleros explotados por la London Pacific Petroleum Company disfrutaron de la hospitalidad peruana y también del fútbol.
Mucha historia local registró Raúl en sus crónicas. Según me comentó estaba escribiendo y le ofrecí leer sus textos que deben permanecer en su PC. Debutó como redactor en las páginas de El Tiempo y descubrió que el deporte, pasión de multitudes, era parte de la vida de Piura. Sabía de memoria el itinerario de Juan Seminario y Rolando Rodrich y las disputadas contiendas del Escudero y el Estrella Roja. Los debutantes nuevos redactores de Correo aprendieron mucho de él. No sólo lo acompañaban dominicialmente al estadio sino que seguían sus consejos. Junto a él Oswaldo Orozco formaba parte de esa escuela viva de periodismo de garra  inolvidable de pasiones irrepetibles.

Ameno en la conversación y sorprendente en su curiosidad por los temas esotéricos. Leía y apreciaba el buen cine. Era un asiduo concurrente del  Variedades. Con sus característicos bigotes, su sonrisa y carcajada después de referir una anécdota no perdía el buen humor. Gracias a él tuve noticia del escritor Miguel Gutiérrez Correa tan ligado al Brasil un restaurant en donde los pasteles de carne sabían a gloria y los chifles se vendían por kilos. La redacción de Correo en el jirón Ica siempre fue sonora, alegre, bohemia y ruidosa. En esencia piurana.

Ahí lo conocí y mantuvimos siempre un trato cordial y amable. Siempre nos sorprendió con recortes de diarios viejos, fotos amarillentas de acontecimientos y personajes inolvidables. De sus ancestros porteños y de su entronque familiar con don Juan Mena. Cuando recalamos en Sullana para el lanzamiento de La Primicia un colorido matutino local lo convocamos y mostró una versatilidad envidiable incluso para el cierre de la edición con temas que no eran deporte. Era un periodista completo. Redactor, titulador y diagramador. La modernidad le cayó como anillo al dedo.

Mi familia lo recuerda por sus finos detalles. Mis hijos lo recuerdan por sus bigotes a lo Bienvenido Granda, “El bigote que canta”. Raúl Almeida era “El bigote que escribe”. Últimamente lo encontré en el jirón Loreto en la ruta de la provisión del pan y de los chifles. Era puntual su presencia en los festejos salesianos y devocionales a María Auxiliadora. Un buen amigo ha partido. Amaba a su familia y a su tierra. No puedo olvidar sus impresiones de España y Europa en donde estaban sus hijos a los que visitó en el viejo mundo. Entristece su partida por aquello que dice el vals: “Dicen que las despedidas son muy tristes...”  Es sólo un anticipo, las huellas quedan en el camino de la vida. Un bueno amigo ha partido.  Una legión de amigos se ha marchado y como en la función del buen cine para diletantes nos estamos quedando solos.

LA PANDEMIA NOS GANA POR GOLEADA
Se ha ido también el doctor Ricardo Bayona Espinoza quien estaba al frente de la Oficina Central de Cooperación Técnica de la Universidad Nacional de Piura. Gracias a su visión esclarecida se abrió a los estudiantes piuranos la posibilidad de realizar estudios en universidades de México, Brasil y España. Uno de sus últimos logros fue la conexión de universidades peruanas con sus pares de los Estados Unidos de América. Sus alumnos de la Facultad de Administración lo recuerdan por su estímulo a innovadoras iniciativas  y experiencias de gestión.

Ricardo, entendió meridianamente que la internacionalización de la UNP requería tres condiciones primordiales: La primera el aprendizaje del inglés, portugués, francés y  chino para una conexión con redes universitarias del mundo. La segunda la necesaria salida de docentes y estudiantes, por sus méritos propios, a una ampliación de sus conocimientos con los nuevos saberes y tecnologías  y la tercera, a la realización de actividades y proyectos conjuntos con universidades pares. Sin esa mal entendida pretensión del exhibicionismo protocolar y la notoriedad para la foto.  La pandemia nos está dando de alma. Son numerosos los docentes y servidores  administrativos fallecidos.

El recurso humano presta un invalorable servicio a la universidad y a la sociedad. Por ello urge una sensible y humana preocupación por la preservación de su bienestar y salud por encima de los voluntarismos pues resultan insuficientes. La universidad debe proveer recursos, sin menoscabo,  para atender la emergencia sanitaria. Existe con objetividad una desproporción entre lo que los servidores entregan a su institución a lo largo de su vida con lo que la institución, finalmente, invierte en ellos. Los avisos de defunción son aire volátil. La pandemia arremete sobre la economía familiar, la vida, el cuerpo y la salud.

Nos sorprende diariamente el anuncio millonario de entrega de bonos a sectores vulnerables el Presidente Vizcarra. Pero al mismo tiempo decepciona ese abandono crucial en tiempos de crisis sanitaria a las universidades públicas. En especial a su recurso humano invaluable. Esa desatención a sus docentes sepultados con cuotas de sindicato porque sus derechos a una muerte digna le fueron conculcados. El tener que recurrir a la ayuda solidaria por un balón de oxígeno, a la imposibilidad de acceder a clínicas privadas porque sus onerosos servicios están fuera del alcance de sus bolsillos.

Por el momento estamos distraídos y entretenidos en los cursos virtuales a distancia de la academia sin vislumbrar que la post pandemia es contracción de la economía, convalecencia de enfermedad, hambre y pobreza. La universidad pública urge recursos económicos para enfrentar la peor recesión de la historia. No solamente urge equipos virtuales. Hasta el momento los presupuestos son irrisorios. Urge inversión en bibliotecas virtuales, softwares legales al alcance de sus docentes. 
Invertir en personas expuestas a la enfermedad. La situación de los estudiantes es incierta porque los impactos en la economía familiar y sus asimetrías no son aún visibles. La desatención a la universidad pública no se puede postergar. Las universidades no son la cola de cometa de la economía. Lamentablemente el presidente Vizcarra baila populistamente para las tribunas y con cascabeles electoreros. La inversión en la inteligencia viva del Perú no le interesa. La universidad sigue postergada. Este rosario de cuentas sentidas y dolorosas en la universidad no para.

LOS TRINOS DEL RUISEÑOR
Francisco Javier y doña Olga Balarezo
Miguel Purizaca Aguirre, ruiseñor de Piura, también,  emprendió vuelo pero no para sus giras populares por villorrios del norte del Perú y Ecuador interpretando boleros y pasillos. Sus propias composiciones como Talara… tú coreada a viva voz por los petroleros. Esta vez, Francisco Javier, su nombre artístico, se fue al cielo a reunirse con esa pléyade numerosa de compositores e intérpretes piuranos. Francisco perteneció también a la heredad de los Aguirre Condemarín en Piura Los Cuyuscos.

Talara tú,  se repetía a viva voz en los estadios para alentar al Torino: Entonces las multitudes en pie entonaban- “Talara tú, viva el Perú ninguna/Tierra es linda como tú /Talara tú, viva el Perú/ Tú guardas en tu suelo/ la riqueza del Perú”. Francisco Javier era un incondicional participante de las tradicionales serenatas diario Correo cada 17 de septiembre. Era un negrito quimboso, cordial y alegre a su modo. Vestía de camisas coloridas, pantalones blancos y zapatos de vaporino. Todo un artista. En cada visita a Correo sorprendía con su voz, noticias de sus exitosas giras.

Los CD con sus clásicas composiciones no faltaban en la cajonería de las mesas de las redacciones. La partida del ruiseñor de trinos perdurables nos ha sorprendido en plena mañana. A él nuestro recuerdo y gratitud  por su identidad con Correo y esa familia hoy tan poblada de ausencias. Si Dios lo permite, y sin el más allá hay jaranas tu voz se oirá en la bíblica legión de la gran familia piurana. Son más lo que están arriba que los que se quedan aquí abajo. No acompañe al juglar del pueblo jamás la tristeza. El canto, la música entrañable del alma es siempre vida. Vuela hacia lo alto ruiseñor.