La euforia electoral tiene sus bemoles
en la universidad pública. Es una grosera distracción, en apariencia ingenua, pero
entretiene perentoriamente a docentes y estudiantes. Basta mirar en las redes
las expresiones sospechosamente subordinadas de lealtad y pendejada. Unos sin
reparos se proclaman abiertamente “oficialistas”. Otros “la oposición”. Según el
Diccionario de la lengua de la Real Academia Española (RAE), la palabra
oficialismo es un sustantivo masculino que cuenta con las siguientes tres
acepciones: 1. Aceptación por principio de lo que establece el poder oficial; 2.
Conjunto de miembros de un Gobierno; 3. Conjunto de tendencias o fuerzas
políticas que apoyan al Gobierno. El Diccionario panhispánico del español
jurídico de la RAE lo define de manera general como la tendencia política de
quienes apoyan al Gobierno o la fuerza que está en el poder. Algo así como las
cofradías devotas del poder y el beneficio propio.
Para nuestro paisano Luis Felipe
Angell de Lama (Sofoceto), legítima expresión de la sátira y el buen humor y conspicuo
“opositor” el proclamar la diferencia le ganó gratuitamente como lotería:
deportaciones y el saqueo de su residencia en varias oportunidades. Enterado
del chuponeo de su teléfono se inventaba conversaciones indescifrables con el
más allá para romper el coco de los esbirros del servicio de inteligencia. En otras
recurría a la sátira que desmenuzaba los errores, los escándalos de la corrupción
y las insostenibles promesas de campaña.
Serafina Quinteras, la ingeniosa
poetisa, escribió la letra de “Parlamanías” (1960) acompañada por la música del
“El Carreta” Jorge Pérez. El océano desbocado de promesas dice: “Haremos casas
de ochenta pisos,/ómnibus nuevos, más de cien mil. /Vendrán expertos en
logogrifos /y en el cultivo del perejil. /Las carreteras correrán solas, /buques
y aviones en pelotón/y las corvinas, sobre las olas, / nadarán solas con su
limón.” El vals caricaturiza los discursos populistas de los candidatos que
aseguran y prometen cosas imposibles y absurdas con tal de ganarse el voto y la
fe popular para asegurar un cargo público. El final es una decepción consumada
y consumida por los artífices de campaña.
La palabra candidato proviene del
latín candidatus, que significa "el que viste de blanco". En la
antigua Roma los ciudadanos que aspiraban a un cargo público (consulado o la
pretura) recorrían el Foro y los mercados vistiendo una toga blanqueada con
tiza (toga candida). Derivada del verbo candere “ser blanco”, ‘brillar
intensamente’. Signo de una trayectoria pública impecable. En el ritual
político romano, la túnica blanca (candida) manifestaba la pureza y la honradez
esperada en los hombres públicos.
Por supuesto, en estos casos, resulta
saludable contemplar los malabares y caprichos de los aspirantes. En todos los
extremos docentes y estudiantes maduran sus decisiones con cabeza fría. Las
fotos del Facebook son una apariencia maquillada con sonrisa de oreja a oreja. La
realidad oronda y lironda es otra. Los juicios y la crítica son demoledores y
no hay escapatoria para nadie. La disciplina impuesta el pueblo la detesta. El
seguidismo ciego y pervertido no existe demora lo que un plato de cebiche en
donde no quedan ni cebollas ni jugo de limón. En los contextos oficialistas la presión
y el control asfixian. El descontento y la frustración invisible se tornan una
resistencia en la que el disenso y el miedo desaparecen en el territorio de los
aparentes cojudos.
La universidad es con legitimidad el
espacio del conocimiento las ideas y los argumentos encontrados. La universidad
propone a la sociedad una forma decente de conducir la sociedad. No es un
filtro automático en donde aflora la cándida dulzura de quienes disfrutan de la
oferta de beneficios personales. En realidad, apuntan en otras direcciones empalagados
por el más de lo mismo. La universidad pública es un tamal de acierto pero
también de desaciertos. Se resiste al cambio y a tener una presencia legítima y
unánime en la sociedad. Necesita empaparse de ciencia no de fracaso y
frustración. Necesita de transparencia absoluta no de rituales banales de
compadrazgo y mercadillo.
Sin duda, los soportes de la academia
son el humanismo y la ciencia que aporta soluciones a los problemas que
enfrenta la sociedad. La indiferencia la doblega impunemente. El extravío
perverso la carcome cuando se despersonaliza y desnuda sus carencias. Por eso a
cabeza fría y en un tono reflexivo, pensante y crítico, pero profundamente comprometido
puede y deben hacer mejor las cosas. No
se puede aglutinar por el crecimiento desproporcionado una burocracia académica
improductiva. Tiene que mirar con objetividad lo que acontece en las instituciones
pares de iniciativa privada que han convertido a Piura en el gran mercado de
una oferta formativa que arrasa a buen
precio a los jóvenes en busca de un ejercicio profesional expeditivo y sin complicaciones.
Que conste, la universidad pública aporta docentes baratos a la universidad
privada. Los que se esfuerzan allá huevean aquí. Lo que no es ni justo ni bueno
para nadie.
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