lunes, 27 de julio de 2026

¡FELIZ 28 DE JULIO!

Por: Miguel Godos Curay

Recordamos con profunda gratitud las emotivas vivencias personales del patriótico 28 de julio en la Paita de antaño. Se recordaba a los Hermanos Cárcamo Victorino y Andrés que un 17 de marzo de 1821 capturaron el pailebot español Sacramento que entregaron a San Martín que dispuso sea el primer buque de la escuadra del Perú independiente. El 27 de julio se recordaba el natalicio de don Miguel Grau. Grau vivió en Paita cerca de su padre designado en 1842 vista de aduana durante el efímero gobierno del general Juan Francisco de Vidal. Grau  en 1843 se embarcó en el bergantín Tescua, de bandera granadina, comandado por Manuel Francisco Herrera su maestro en las artes de la navegación y orientación astronómica en la que los porteños eran diestros.

De modo Julio tiene una profunda significación para los porteños. Todos los colegios semanas antes ensayaban los pasos de desfile. Las bandas de guerra preparaban sus marchas con soplidos a todo pulmón y templaban los cueros de tambores y redoblantes. Era un rito obligatorio. Se templaban cueros de chivo blanqueados con ceniza para los tambores. En el día de la patria el fervor y el culto al heroísmo era un ritual cívico  inolvidable.

En la víspera se preparaban las mejores galas para la gran Mariscala de los Ejércitos del Perú nuestra Señora de la Merced, salía en solemne procesión el 28 para retornar a su santuario el 29. Recibía honores de la Marina de Guerra del Perú conforme a su alta investidura. El 28 empezaba con el Tedeum, la acción de gracias por la libertad. Las festividades de la patria tenían un entrañable significado ritual. Acompañaba con su violín el maestro de capilla don Moisés Farfán quién dirigía el coro con las mejores voces femeninas de Paita.

El 27 de julio estaba consagrado al desfile escolar de todos los colegios. Era una fiesta viva a lo largo del malecón. Los uniformes beige, con galones en los hombros y cristinas con redondel azul para primaria y rojo para la secundaria animaban con solemnidad los festejos de la patria. Las insignias bordadas lucían los símbolos de cada colegio. Las noches eran de retretas y serenata con música peruana. No había casa, con balcones o sin ellos, luciendo en su mástil enhiesto el bicolor nacional. La serenata a la patria era una delicia del cancionero criollo. Las mesas de las acogedoras vivanderas rodeaban un extremo de la plaza de armas con coloridas viandas de chifles, pavo o lechón horneados. Eran la delicia gastronómica del paseo patriótico. No faltaba el inolvidable café en esa noche de fiesta y espontáneo civismo.

El último reducto valeroso de heroísmo era la legión de abuelos, excombatientes de la campaña militar de 1941. Desfilaban con emoción conmovedora. El contingente de combatientes calificados de la patria deploraba cada año la lista de nuevos ausentes en la jornada. Con el tiempo y la fugacidad del recuerdo sus historias de servicio indeclinable a la patria fueron desapareciendo.

Con un ritual parecido a la de la pascua de navidad las panaderías lucían en sus vitrinas bizcochos, pasteles de fuente y otras delicias nacionales. Alfajores, bombas, cocadas, galletas dulces y chumbeques almibarados eran las golosinas de la celebración. Sumemos a ellas el champús de piña, la mazamorra morada, el arroz con leche y coco, la natilla, acuñas, gofios, piñonates abundaban para la ocasión.

El 28 el día central de la celebración que presidían la mea del almuerzo: la fuente de cebiche, el sudado y el picante. Luego venían los secos de cabrito y el horneado. Se bebía en la ocasión clarito y chicha, cerveza y vino. Eran días de fiesta para concurrir a las peleas de gallos y disfrutar del gozo familiar en la Plaza de Armas cubierta de banderitas de papel cometa rojo y blanco.

La gloria del General José de San Martín, el principal protagonista de la gesta libertaria, se resume en la glosa infantil: “Guapo general que naciste en Yapeyú/ quien pudiera como tú/ tres naciones libertar”. Los versos prodigiosos del vals “Mi Perú” de Manuel “Chato” Raygada Ballesteros compuesto en 1946.Hacía correr las lágrimas de los abuelos. Los estudiantes con atuendos simbólicos representaban a la costa, sierra y amazonia del Perú. Por supuesto después de cada interpretación se escuchaba a viva voz un estentóreo “Viva el Perú”

En las clases de Instrucción Pre-Militar aprendimos ese himno sentido del poeta tacneño Federico Barreto Bustíos (1868-1929): “Mi patria y mi bandera”, escrito durante el cautiverio de Tacna. “Desde que vi la luz, mi pecho anida, / dos amores: mi patria y mi bandera. /¡Por mi patria, el Perú, yo doy la vida! /¡Por mi bandera, el alma, el alma entera! / Yo quiero que mi patria bien querida /vuelva a ser en América lo que era /y que su enseña, blanca y encendida/ flote muy alto ¡sea la primera! / ¡Mi patria!¡Mi bandera!

Eran tiempos donde el civismo y el culto a los héroes se fomentaba en las escuelas. Las labores escolares se iniciaban con el Himno Nacional. En los colegios donde se realizaba la Instrucción Pre Militar (IPM) la letra del himno íntegra se aprendía de memoria. El respeto a los símbolos patrios era una admiración ritual y fervorosa. El discurso político se nutría en la historia y las diferencias ideológicas no eran incidentales.

Por supuesto, cada 28, se esperaba con puntualidad el mensaje presidencial, por ello el servicio de energía de doña Ventura Artadi se adelantaba a las 9.00 de la mañana. El servicio diario empezaba a las 6.00 de la tarde. Hubo mensajes retóricamente impecables como los del arquitecto Belaunde, Alan García y hasta aburridos y mal leídos como los que mostraron las inexcusables omisiones de Dina Boluarte.  Hoy se vislumbra un mensaje a la nación conciliatorio y prometedor de la presidenta Keiko Fujimori. Pero no se descarta esa turba parlamentaria insoportable y horrísona de la oposición. Estamos lejos de una conducción legislativa con sensatez y aplomo intelectual. Esa desacomedida falta de formación política y parlamentaria es producto del momento político y el revés del senderismo ideológico y retórico.

 

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