Por: Miguel Godos Curay
Recordamos con profunda gratitud las emotivas
vivencias personales del patriótico 28 de julio en la Paita de antaño. Se
recordaba a los Hermanos Cárcamo Victorino y Andrés que un 17 de marzo de 1821
capturaron el pailebot español Sacramento que entregaron a San Martín que dispuso
sea el primer buque de la escuadra del Perú independiente. El 27 de julio se
recordaba el natalicio de don Miguel Grau. Grau vivió en Paita cerca de su
padre designado en 1842 vista de aduana durante el efímero gobierno del general
Juan Francisco de Vidal. Grau en 1843 se
embarcó en el bergantín Tescua, de bandera granadina, comandado por Manuel
Francisco Herrera su maestro en las artes de la navegación y orientación
astronómica en la que los porteños eran diestros.
De modo Julio tiene una profunda
significación para los porteños. Todos los colegios semanas antes ensayaban los
pasos de desfile. Las bandas de guerra preparaban sus marchas con soplidos a
todo pulmón y templaban los cueros de tambores y redoblantes. Era un rito
obligatorio. Se templaban cueros de chivo blanqueados con ceniza para los
tambores. En el día de la patria el fervor y el culto al heroísmo era un ritual
cívico inolvidable.
En la víspera se preparaban las
mejores galas para la gran Mariscala de los Ejércitos del Perú nuestra Señora
de la Merced, salía en solemne procesión el 28 para retornar a su santuario el
29. Recibía honores de la Marina de Guerra del Perú conforme a su alta
investidura. El 28 empezaba con el Tedeum, la acción de gracias por la
libertad. Las festividades de la patria tenían un entrañable significado
ritual. Acompañaba con su violín el maestro de capilla don Moisés Farfán quién
dirigía el coro con las mejores voces femeninas de Paita.
El 27 de julio estaba consagrado al
desfile escolar de todos los colegios. Era una fiesta viva a lo largo del
malecón. Los uniformes beige, con galones en los hombros y cristinas con
redondel azul para primaria y rojo para la secundaria animaban con solemnidad
los festejos de la patria. Las insignias bordadas lucían los símbolos de cada
colegio. Las noches eran de retretas y serenata con música peruana. No había
casa, con balcones o sin ellos, luciendo en su mástil enhiesto el bicolor
nacional. La serenata a la patria era una delicia del cancionero criollo. Las
mesas de las acogedoras vivanderas rodeaban un extremo de la plaza de armas con
coloridas viandas de chifles, pavo o lechón horneados. Eran la delicia
gastronómica del paseo patriótico. No faltaba el inolvidable café en esa noche
de fiesta y espontáneo civismo.
El último reducto valeroso de heroísmo
era la legión de abuelos, excombatientes de la campaña militar de 1941. Desfilaban
con emoción conmovedora. El contingente de combatientes calificados de la
patria deploraba cada año la lista de nuevos ausentes en la jornada. Con el
tiempo y la fugacidad del recuerdo sus historias de servicio indeclinable a la
patria fueron desapareciendo.
Con un ritual parecido a la de la
pascua de navidad las panaderías lucían en sus vitrinas bizcochos, pasteles de
fuente y otras delicias nacionales. Alfajores, bombas, cocadas, galletas dulces
y chumbeques almibarados eran las golosinas de la celebración. Sumemos a ellas
el champús de piña, la mazamorra morada, el arroz con leche y coco, la natilla,
acuñas, gofios, piñonates abundaban para la ocasión.
El 28 el día central de la celebración
que presidían la mea del almuerzo: la fuente de cebiche, el sudado y el
picante. Luego venían los secos de cabrito y el horneado. Se bebía en la
ocasión clarito y chicha, cerveza y vino. Eran días de fiesta para concurrir a
las peleas de gallos y disfrutar del gozo familiar en la Plaza de Armas
cubierta de banderitas de papel cometa rojo y blanco.
La gloria del General José de San
Martín, el principal protagonista de la gesta libertaria, se resume en la glosa
infantil: “Guapo general que naciste en Yapeyú/ quien pudiera como tú/ tres
naciones libertar”. Los versos prodigiosos del vals “Mi Perú” de Manuel “Chato”
Raygada Ballesteros compuesto en 1946.Hacía correr las lágrimas de los abuelos.
Los estudiantes con atuendos simbólicos representaban a la costa, sierra y
amazonia del Perú. Por supuesto después de cada interpretación se escuchaba a
viva voz un estentóreo “Viva el Perú”
En las clases de Instrucción
Pre-Militar aprendimos ese himno sentido del poeta tacneño Federico Barreto
Bustíos (1868-1929): “Mi patria y mi bandera”, escrito durante el cautiverio de
Tacna. “Desde que vi la luz, mi pecho anida, / dos amores: mi patria y mi
bandera. /¡Por mi patria, el Perú, yo doy la vida! /¡Por mi bandera, el alma,
el alma entera! / Yo quiero que mi patria bien querida /vuelva a ser en América
lo que era /y que su enseña, blanca y encendida/ flote muy alto ¡sea la
primera! / ¡Mi patria!¡Mi bandera!
Eran tiempos donde el civismo y el
culto a los héroes se fomentaba en las escuelas. Las labores escolares se
iniciaban con el Himno Nacional. En los colegios donde se realizaba la
Instrucción Pre Militar (IPM) la letra del himno íntegra se aprendía de memoria.
El respeto a los símbolos patrios era una admiración ritual y fervorosa. El
discurso político se nutría en la historia y las diferencias ideológicas no
eran incidentales.
Por supuesto, cada 28, se esperaba con
puntualidad el mensaje presidencial, por ello el servicio de energía de doña
Ventura Artadi se adelantaba a las 9.00 de la mañana. El servicio diario
empezaba a las 6.00 de la tarde. Hubo mensajes retóricamente impecables como
los del arquitecto Belaunde, Alan García y hasta aburridos y mal leídos como
los que mostraron las inexcusables omisiones de Dina Boluarte. Hoy se vislumbra un mensaje a la nación conciliatorio
y prometedor de la presidenta Keiko Fujimori. Pero no se descarta esa turba
parlamentaria insoportable y horrísona de la oposición. Estamos lejos de una
conducción legislativa con sensatez y aplomo intelectual. Esa desacomedida
falta de formación política y parlamentaria es producto del momento político y
el revés del senderismo ideológico y retórico.

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