sábado, 4 de enero de 2020

UNA MAESTRA INOLVIDABLE


Por: Miguel Godos Curay

Estherfilia Godos Atoche inolvidable maestra  paiteña 
Ayer a las 9.00 de la noche  partió la maestra Estherfilia Godos Atoche. Con ella se fue una tradición de enseñanza con silabarios Mantilla repetidos interminablemente pero que educaban el oído para la correcta pronunciación. Transmitió la aritmética con un agudo sentido de la economía que incluía pizarra y tiza. Las tablas de sumar, restar, multiplicar y dividir. La lectura pausada y la caligrafía de letra impecable. Muchos porteños fueron sus alumnos. A todos ellos recordaba con puntualidad hasta que emergieron por el paso del tiempo los achaques y borrones de la memoria. De ella heredé los canutos para plumillas de tinta.

Católica hasta el tuétano, empezaba el día con la obligada oración e invocando a todos los ángeles para su tarea cotidiana. Ella me enseñó a leer y escribir. Los rudimentos de la aritmética. El contar por decenas y docenas con granos de maíz o pepas de tamarindo fue su invento personal. El sistema decimal lo hacía comprender a discretos alumnos mayores con reales y pesetas. Tenía alumnos adultos alfabetizados hasta el ritual pedagógico de escribir su nombre y borronear una firma para obtener la libreta electoral. En mi enorme firma está viva su huella y en el trazo de la “m” mayúscula y la “g” del apellido.

Otra de sus pasiones envidiables era su superlativo amor por loros, pericos, negritos soñas y gatos a los que ponían nombres de personas y con los que hablaba a viva voz  en las estaciones inagotables de su soledad. Su escuela quedaba en el jirón Mélendez un parvulario de los viejos tiempos en los que era una utopía el jardín de la infancia. Su sutil -método  pedagógico- incluía el aprender a ver la hora en la torre de la Iglesia de San Francisco. Y en el leer textos de noticias de La Industria un matutino que compró puntualmente hasta su desaparición.  Un diario según su opinión sobrio, austero cuya revolución gráfica empezó con las ilustradas ediciones gráficas en offset. Fue  ella quien me habló de Elmer Núñez,  su director.

Hermana de mi padre. Con ella se acaba un ciclo de los Godos Atoche de Paita. Nunca dejó de concurrir a la misa dominical y últimamente comenzaba y recomenzaba el rezo del rosario. En los últimos años, su existencia,  se fue complicando por la fragilidad de sus huesos. Se fracturó el fémur y contra todos los pronósticos le soldó y volvió a caminar. Su vida se convirtió entonces en un dictado de clases interminable. Hasta el momento de su partida.

Tenía el calendario en su cabeza y su lealtad con el almanaque Bristol no se extinguió por nada. Conocía al dedillo los ciclos lunares. Y en su silabario habitaban palabras como Kalmuko, oriundo de Kalmukia un pueblo mongol en la estepa siberiana. Este libro en el que aprendieron a leer nuestros abuelos tenía caracteres romanos, cursivas, letra gótica cuya lectura tiene una extraordinaria utilidad  al momento de familiarizarte  con la letra impresa.

Nunca fue mezquina con el pan francés de don Almerjo Rosado que compartía con plátanos de seda.  El fogón de la casa de mi abuela mantenía el  sutil aroma del pescado frito  en manteca. El hablar de las chispeantes brasas. El avivar el fuego en pequeñas brasitas con soplidos. Otro tiempo con lamparines de kerosene. De lectura menuda de los diarios con una cortesía envidiable. De ollas alineadas como para una desfile.
La memoriosa maestra tiene ahora el descanso merecido pues se sobrepuso al olvido y al silencio. Su envidiable caligrafía es como un sortilegio que deja huella en la inagotable línea del tiempo. En cierta ocasión visitando Yacila extasiada por el mar se acercó hasta el extremo final del muelle. Los pescadores advirtieron una ola enorme que desboradaba el muelle. Unos gritaron “salgan del muelle”. Y otros “saquen a la viejita”. La ola pasó refresco con un baño a los visitantes. Ya en la playa la maestra preocupada preguntaba. ¿Rescataron a la viejita? Desentendiéndose que ella misma era la preocupación principal   en el esplendor de sus 90 y tantos años.

Se fue un 3 de enero conmemoración del Santísimo nombre de Jesús y de santa Genoveva. Hoy debe partir a Paita. Nuevamente se reunirá con la familia. Esta maestra irrepetible se va con esa proverbial austeridad de la que repetía siempre “lo mejor de tu vida es lo que das a los otros”. Nosotros somos aves de paso. Una plumita frágil en las manos de Dios.

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