sábado, 9 de noviembre de 2013


¿SON LOS PIURANOS SALADOS?
Por: Miguel Godos Curay

¿Son los piuranos salados? Por qué se regodea con nosotros el infortunio
Los piuranos somos salados con las autoridades que elegimos. Nos persigue el infortunio, el desacierto, la cojudez, el facilismo, la tolerancia inaudita, el fracaso, la anomia y la miseria en todos sus extremos. Nos hemos convertido, por nuestra incapacidad de ejercitar ciudadanía activa, en eternos candidatos para el premio consuelo. La sal nos persigue en el territorio de las decisiones políticas y en el deporte. Somos buenos para nada. Lo mejor de nosotros es lo peor en otros escenarios en donde la incompetencia no es admitida. Para algunos, estamos hasta las rehuevas que es el extremo del no estar bien. Eso me dijeron los comerciantes del Mercado Central.
Y en el escenario académico también nos acompaña ese autoengaño complaciente. Los inteligentes en los exámenes de ingreso a las universidades en su esencia no lo son. Los claveteros no razonan, son memoristas de claves de respuestas en balotarios repetidos hasta la saciedad. No piensan, marcan respuestas como robots. No se prueba la capacidad de razonamiento lógico. Se memorizan respuestas sin razonamiento previo. Cara a cara con las matemáticas puras son molleras tapadas. Cántaros vacíos. Mucho ruido y pocas nueces. Así nos contemplamos en el espejo de nuestra desnudez.

¿Qué hacer? Confucio recomendaba la justa designación de las cosas. Llamar a las cosas por su nombre. Evitar los eufemismos. Huir del disfraz de la irrealidad que nos confunde y nos engaña con la apariencia de vivir  en el mejor de los mundos cuando estamos en la solera. En el territorio ético desembocamos en el relativismo, una especie de vida en la cuerda floja que convierte nuestra axiología en un referente de jebe que se estira y se acomoda como preservativo. Así se puede afirmar que algunos alcaldes roban pero hacen obras. Otros dilapidan recursos públicos porque nadie los vigila y les pide cuentas. También hay los que disfrutan del decir ladrón que roba a ladrón tiene mil años de perdón. El correlato es una renuncia al ejercicio de la ciudadanía clamoroso y preocupante.
La ética es preceptiva. Es la arquitectura normativa del desempeño honesto. Cuando falla la ética en una sociedad, el vacío lo ocupa la viveza, el autoritarismo del más fuerte, el capricho en apariencia inocuo del contumaz, la falacia farisea del diablo predicador. El bien común se deforma para dar paso a un mal entendido bien personal del que usa el poder para la repartija, el amiguismo, la complicidad mafiosa. Finalmente los presupuestos públicos se pulverizan  por birlibirloque y las mañas de Alibabá y los cuarenta inescrupulosos responsables de nuestra descarnada realidad.

Otro es el territorio de la moralidad, el consenso de las buenas costumbres socialmente aceptadas. Vivimos una especie de anemia moral, tenemos cada vez menos glóbulos rojos de decencia, dignidad y decoro. Y a contrapelo hemos infectado  el territorio de las grandes decisiones con la inmoralidad de quienes les importa un  bledo el señalamiento público. Y transgreden la moral a su regalado gusto. Inmorales hay por todos lados. En los colegios profesionales y con nombre propio, en la escuela, en el municipio, en los gremios,  en instituciones en apariencia serias como la seguridad social, el foro, la propia policía y la universidad.
Es inmoral el burócrata que crea dificultades para vender facilidades en su provecho, el alumno que copia en el examen, el profesor que sustrae de internet un documento ajeno y lo convierte sin miramientos en producto propio, el mercader que hurta doscientos gramos por kilo en el mercado, el sinverguenza del moll que oculta el libro de reclamos, el diablo predicador que señala las faltas ajenas y maquilla las propias. El que firma asistencia pero practica la fuga de tondero, el que marca horas extras para condecorar su ociosidad, el que se lleva compulsivamente lo que encuentra mal puesto. Aquí la inmoralidad se enquista y crece como un cáncer que consume las energías morales de la sociedad

El profesor que improvisa porque no preparó clase. El conductor que se pasa el semáforo en rojo porque se considera aviesamente violador de la ley. El que urde farsas en las competencias. El que acepta lo inaceptable. El que promete y no cumple. El perjuro siete suelas. El periodista coimero que disfruta sin recato su mordida sin que le remuerda la conciencia porque no la tiene. El vendedor de sebo de culebra. El médico que convierte sin escrúpulos a su paciente en cliente y le esquilma los bolsillos. El saca vueltas. El cementerio ecológico. El panetón con bromato y el pavo engordado con jeringa.
La amoralidad es una especie de disemia axiológica. El amoral no se percata de su entorno y contorno como escenario social. No conoce la moral o pretende desconocerla. Su modo de  solución de urgencias es la invasión o la apropiación ilícita. Tiene derechos pero nunca deberes. Quiere servicios públicos pero nunca los paga. Según su estrecho entender para todos amanece Dios pero él madruga a todos. Es aquel que en el chocolate navideño reemplaza la leche por agua. Es aquel al que das de comer pero se lleva la cuchara. En otras ocasiones muerde la mano. El poeta Juan Luis Velásquez decía: Piura, que soledad sin soledad siquiera… que trincheras tan altas sin altura.

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